Fuga de agua en el humanismo

David Trueba
Publicado en XLSemanal

Hay una cierta tendencia a aislar las polémicas sociales del contexto general. De ese modo, se discuten elementos esenciales sin tener en cuenta una visión de conjunto. Viene a formar parte del encono radical de nuestro país, donde en cada asunto se alzan dos trincheras y comienza una batalla imposible de resolver. Está pasando algo así con el negocio de los vientres de alquiler, legales en algunos lugares del mundo como Estados Unidos, pero aún en un limbo en España, por lo que quienes hacen uso de ellos pagan en dólares por bebés que luego importan a nuestro país con una serie de problemas leves de legalización. El debate, de modo muy curioso, ha enfrentado por primera vez a antiguos socios de reivindicaciones, el feminismo ataca a las comunidades gais por recurrir a estos vientres subrogados sin tener en cuenta el posible uso interesado del cuerpo de la mujer. Pero si somos capaces de dar un salto por encima de la polémica y tratar de afrontar el asunto desde sus orígenes, nos encontraremos con algo más complejo aún. De lo que se trata es de satisfacer el deseo de paternidad de personas a las que la biología les dificulta esa posibilidad, algo que ya comienza a ser tónica general bajo un sistema económico tan cruel que las obliga a consumir sus años fértiles buscando una estabilidad laboral y las aboca a la concepción cuando su cuerpo necesita la intervención de empresas del ramo, verdaderas triunfadoras en este desastre mundial.

Entre medias ha quedado en el limbo la solución más saludable de todas, la adopción. La cantidad de niños que viven en condiciones de abandono y pobreza extrema no parece contar para nada en estas disputas. Un mal entendido rigor genético lleva a las personas a pensar que no hay nada más vinculante que la sangre, cuando todos sabemos que el mayor apego no se produce por la cadena biológica, sino por la cadena cultural. la convivencia, la educación, el cariño. Seguimos destinando ingentes cantidades de dinero a la fertilidad sin importarnos lo cruel de que miles de niños estén condenados en vida. Nadie pretende pensar que la adopción venga a solventar todos los deseos respetables, pero es evidente que en los últimos años el retroceso en la llegada de niños al país tiene una causa concreta. Muchas personas han experimentado en sus procesos de adopción la inseguridad jurídica, el abandono de la protección estatal; y los más se han encontrado con situaciones muy desagradables que incluyen la ausencia de control sanitario fiable, sobornos, chantajes emocionales y una especie de secuestro temporal bajo sistemas corruptos. Adoptar se convirtió en una aventura sin fecha, peligrosa y llena de tropiezos.

Mejorar el sistema de adopciones internacionales podría significar empezar a mirar de frente los valores humanos que tenemos tan olvidados. Los avances científicos nos conceden una distopía algo lamentable, la de la comodidad de elegir los bebés a la carta bajo la selección supremacista. Es como si viviéramos en una fuga de agua sobre los valores que nos convierten en personas, no nos damos cuenta, pero hay una brecha por la que nos hemos empezado a comportar como una variante nazi, absolutamente despegada del sufrimiento de los demás y solo concentrada en el alcance de nuestra satisfacción personal. Si el Estado español se convirtiera en el garante de un buen sistema de adopciones, quizá podríamos revertir esta situación. En lugar de como hasta ahora, en que los padres y candidatos a adoptar se enfrentan al viaje y la inseguridad durante el proceso final, podría ser el Estado quien trajera cada año un cupo asignado de niños directamente relacionado con el número de solicitantes establecido. Esos niños gozarían de la protección y la nacionalidad española desde el primer minuto, habrían sido acogidos con un intercambio directo entre autoridades, sin intermediarios corruptos ni mafias, y contarían con la tutela de su nuevo país para velar por la adopción más supervisada y examinada que nunca. Si desintoxicamos la adopción de niños de los componentes de peligrosidad e incerteza, quizá estemos dando una nueva oportunidad a tantos pequeños en condiciones extremas de abandono y ofreciendo al ser humano algo más que un progreso basado en el egoísmo absoluto, sino la dimensión real de los valores de generosidad que nos han sostenido hasta la actualidad.