Elogio del aburrimiento. Pedro Simón

por | 17 julio 2015

Publicado en El Mundo, 8 de julio de 2015

Les vemos allá arriba haciendo funambulismo y los padres corremos con la red mirando a lo alto. Van a plantar el pie desnudo en el empedrado y les extendemos la alfombra. Nos llegan noticias de un tornado en el Caribe y les aprovisionamos la nevera por si el ciclón salta el Océano. Se ponen a llorar y no sólo nos parten el corazón, sino también la tarjeta de crédito.

Es el circo de la nueva paternidad. La vieja historia del domador domado. El gran espectáculo del payaso paterno. La imagen de un mago ridículo que ya no sabe qué conejo sacarse de la chistera.

«Una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de escaso valor», escribía Bertrand Russell.

No hay verdadera evolución humana sin principio de causalidad. Si el hombre de las cavernas supo manejar el fuego fue porque comprobó que quemaba acercando la mano. Si aprendimos a andar en bicicleta fue porque antes nos desollamos las rodillas. Si un día decidimos eliminar Telecinco de la lista de canales fue porque antes vimos Mujeres y hombres y viceversa. Si nunca jamás volvimos a tocar las ortigas fue porque alguien, con buen criterio, nos dejó revolcarnos en ellas.

A este paso la generación perdida no va a ser la de Faulkner, Dos Passos o Steinbeck, sino la de todos esos pequeños a los que nos les dejamos confundirse y por lo tanto crecer.

De todas las drogas de aguja y cucharilla, la de la paternidad debe ser la que más gilipuertas te vuelve, la que más colgado te deja. Si habrá padres animales que ya he visto yo cómo les matan los sueños a los hijos de la peor manera: cuando el niño de seis años formula un deseo, bang, se lo hacen realidad.

No les dejamos confundirse. No les dejamos soñar. Y lo que es más indiscutible: tampoco les dejamos aburrirse.

Frente al Entre y diviértase del anuncio de neón sistémico, es hora de proponer el Pare y abúrrase de puertas adentro. «Una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de escaso valor», escribía Bertrand Russell. «Hay dos formas de impedir pensar a un ser humano», apunta Santiago Alba Rico. «Una es obligarle a trabajar sin descanso; la otra, obligarle a divertirse sin interrupción».

El teléfono móvil para que no se aburra. La televisión para que no imagine. La Nintendo para que se esté quieto. La tablet para que deje de molestar. Internet para que no esté solo. Con una contradicción abominable que no nos saldrá gratis: les hiperestimulamos para que estén tranquilos.

Para el sistema es peligroso que el hombre esté reflexivamente en silencio, que el niño se pare a pensar, que el sujeto imagine finales distintos o que el individuo se quede a solas consigo mismo y tenga miedos y preguntas. Porque el aburrimiento es como una bomba que hace tic-tac.

El experimento que yo hice fue el de censurar durante una semana el uso de aparatos audiovisuales en casa.

De aquella primera tarde recuerdo el desconcierto inicial, el berrinche subsiguiente, el tedio que vino después, el sonido del abejorro en los geranios, la imagen del pequeño dibujando, la tarde que se iba. Y la pregunta final del mayor, agitando una bandera blanca, con humanísima mirada, como antes de que los zombis dominaran el mundo.

-Papá, ¿entonces leer sí me dejas?