El Ocaso de Occidente. Un relato no apocalíptico

Ricardo Calleja, publica un interesante post sobre el valor de las humanidades.

roma

 

¡Toma título de resonancias spenglerianas! Pero sirve bien a mi propósito: meter el hocico en la gran pregunta sobre la civilización occidental. “¿Por qué te da por ahí en este momento?”, me preguntaréis. Tiene su explicación:

Una iglesia del siglo II antes de Cristo

La semana pasada estuve en Roma durante tres días. Al llegar al centro el taxista nos señaló la Iglesia de Santa María in Cosmedin, “una de las más antiguas de Roma, del siglo II o III antes de Cristo”. No es la primera vez que oigo una afirmación semejante: “una iglesia de antes de Cristo”. Pero es raro un error semejante en un italiano… quizá se refería a que la Iglesia estaba edificada sobre un templo romano de la era precristiana… pero lo dudo.

Con ocasión de este comentario de nuestro improvisado cicerone, me ha vuelto a la cabeza un argumento al que di vueltas hace dos años durante la Semana Santa, precisamente en la Ciudad Eterna, al ver en directo el choque entre la cultura clásica romana y cristiana y las masas turísticas. Yo mismo, los que me acompañaban: ¿Éramos miembros de una civilización que visitaba sus raíces, o nos parecíamos más a los japoneses mientras paseábamos por un parque temático llamado Roma? Por la ignorancia de muchos de mis acompañantes universitarios podíamos llegar a la segunda conclusión. Para ellos, cristianos practicantes, incluso los símbolos de la liturgia y la iconografía sacra resultaban ajenos. Eran como unos niños que visitan la casa del abuelo, pero de un abuelo que no es el suyo.

¿Cómo educar hoy? 

Ante este panorama la pregunta que me hago es: ¿en qué consiste una educación humanística en nuestro momento actual? Es decir: mi pregunta por la civilización occidental no es meramente histórica, ni puramente filosófica. Tiene una intencionalidad práctica: ¿qué hay que hacer para formar personas completas hoy en día? ¿Qué valor tiene el bagaje clásico? ¿Vale la pena transmitirlo o es mejor ahorrarse el esfuerzo y suplir con nuevas referencias?

Responder a  estas preguntas -o al menos intentarlo- exige primero un juicio sobre nuestro momento histórico, algo así como un diagnóstico desde la filosofía de la historia que ofrezca no datos sino una orientación decisiva.

Los medios y los fines de la civilización

Que nuestra civilización está en momentos de profundo cambio es innegable. En concreto es evidente que la ilustración ha alcanzado resultados casi óptimos en términos de alfabetización universal en occidente y de acceso a los bienes de la cultura. Hoy es gratis e instantáneo leer a Aristóteles, escuchar a Beethoven, o saberlo todo de botánica, siempre que se disponga de conexión a internet. Incluso es barato y rápido hacer un grand tour por Roma, Italia, Francia, y coleccionar selfies frente a todos los grandes monumentos de los libros de historia del arte.

Esto en nuestro mundo. Por eso mucha gente se afana -con evidente razón- en dar acceso a esos bienes para todos los países no desarrollados. Pero mientras tanto queda pendiente de contestar la cuestión más difícil: qué hacemos con la abundancia de medios. Y no de medios en general, materiales, sino específicamente intelectuales. ¿De qué historia forman parte y en qué papel?

Hay aquí una aparente paradoja: cuando hemos conseguido los medios para hacer realidad el ideal de la ilustración (la educación de todo el pueblo al nivel de las minorías antiguas), comprobamos que ha cambiado el valor y el papel de la “alta cultura” clásica. Por un lado ha disminuido el interés por la cultura. Por otro los mismos bienes culturales no pueden escapar a su consideración como bienes de consumo de masas. Hay matices, pero nada esencialmente distinto en el consumo del cine comercial y de autor, el paseo por los escaparates de las calles principales y la visita a la exposición de moda, la compra de Wassap y de un Picasso…

Un cambio de civilización sin precedentes

He aquí mi juicio de filosofía de la historia: En la actualidad asistimos a un fenómeno único en la historia de la humanidad: un cambio radical de civilización en sentido estricto (enseguida explicaré en qué términos), mientras se da una continuidad instrumental con la civilización anterior. Como una célula a la que se le ha cambiado la carga genética. O como un cuerpo que alberga un alma nueva; o quizá tan solo existe un cuerpo en movimiento pero sin alma, como los zombies de las series y las películas de moda. En cualquier caso algo esencial ha cambiado, sin que de ello se haya derivado el derrumbe material de nuestro mundo. Y ha cambiado en los últimos años. Cuando yo iba al colegio era aún distinto.

Pero he de ser más explícito. Pienso que es fácil de entender lo que quiero decir por continuidad instrumental: seguimos habitando las mismas calles, usando las mismas tecnologías, e incluso conviviendo dentro de las mismas instituciones sociales y políticas. Hasta hablamos el mismo idioma. Aunque se perciben síntomas importantes de crisis, esta no toma el cariz de un derrumbe. En cierto sentido esto es todo un éxito de la cultura ilustrada occidental -lo digo sin rintintín-, pues se cumple el reto de Kant de lograr gracias a la organización racional de las cosas un Estado justo incluso con una nación de diablos.

Pero, ¿a qué me refiero con ese cambio de civilización, esa transmigración del alma de nuestro mundo? Por decirlo brevemente: la pertenencia a una civilización se expresa de modo eminente en términos narrativos. Ser de una civilización no es compartir sus conocimientos o adelantos técnicos, sino interpretarse a uno mismo como parte de una historia. No solo de una historia en sentido fáctico, sino también en el sentido interpretativo: desde dentro de un relato (también de ficción) interpretamos lo que pasa con referencia a nuestros modelos compartidos.

Ese relato no es necesariamente el de nuestros antepasados de sangre. (Al menos hasta hace poco) no somos hebreos, pero nos interpretamos en comparación con Abrahám y Moisés, precisamente porque seguimos el relato bíblico tal como fue reinterpretado por Jesucristo, Pablo y los demás apóstoles. No somos griegos, pero Sócrates es un modelo con el que interpretamos cualquiera de nuestras instituciones educativas y Aquiles o Pericles son también para nosotros en cierto sentido un modelo de Virtudes. Llamamos democracia a nuestro sistema evocando el ateniense. No somos ingleses, pero memorizamos “To be or not to be”; ni franceses, pero decimos: “uno para todos y todos para uno” como los mosqueteros; ni alemanes pero cantamos el himno de la alegría. Pero sí: somos de una nación en concreto y sabemos sus reyes, sus batallas, sus poemas, sus constituciones.

Los tres relatos: bíblico, clásico, nacional

Todo esto se ha acabado. No hay ruinas a nuestro alrededor, pero las ruinas están dentro de nuestras almas. Los niños ya no leen -a veces siguen leyendo alguna cosa, pero no como un relato al que pertenecen- la historia y la literatura bíblica, ni la historia y la literatura clásica greco-romana, y ni siquiera los relatos nacionales, aunque estos estén llenos de ambivalencias, porque estas no pueden ocultar el valor del desarrollo de las lenguas, y el florecimiento de culturas alimentadas por las raíces antiguas pero bien plantadas en circunstancias locales. Es absurdo pretender estudiar “religiones” desde una perspectiva neutral. Al menos no es neutral en absoluto.

Durante siglos hemos considerado la educación como dar a leer todos esos textos. El individuo pasaba así a formar parte de una historia y -si destacaba en los estudios- de una conversación común, con variantes nacionales más o menos fuertes. No todos los niños eran escolarizados, y los que iban al colegio quizá no asimilaban los detalles de esas historias. Pero lo que se consideraba un hombre culto era alguien que se encontraba a gusto en esos relatos, de los que había versiones para niños y divulgativas, que permitían a la masa sentirse parte de esa historia, aunque no la escribieran ellos. Y esos hombres cultos configuraban el mundo en el que los demás vivían.

El otro día me decía un amigo francés: “los niños en Francia ya no saben quiénes son Luis XIV o Napoleón“. Algo parecido sucede en nuestro país y por doquier. Más aún, lo que nos preocupa es el informe PISA que mide habilidades lingüísticas y matemáticas. Señal cierta de que la ruptura de la civilización con sus raíces se está consumando. De lo anterior solo interesa su dimensión instrumental. Así, lo que antes era un hombre culto, bien formado, ahora es un friki. Quien desarrolla una constitución moral sólida, incluso con una dimensión religiosa, pertenece a una minoría chirriante.

¿Hay muchas excepciones? Sí, pero sobre todo entre gente mayor. Conforme pasa el tiempo -así lo dicen siempre los que se dedican a la enseñanza- este proceso es cada vez más evidente, más radical. Ciertamente es un proceso aún no consumado: las clases dirigentes europeas hasta hace muy poco eran parte del mundo antiguo. Pero las actuales (de González -aunque citara a Hércules como personaje bíblico- a Zapatero, de Aznar a la Cospe, de Kohl a la Merkel, de Miterrand a Hollande, de Clinton a Obama…), atentas a la demoscopia y conscientes de este cambio, ya no intentan parecer del mundo antiguo. Salvo que jueguen a los restauracionismos de extrema derecha o izquierda.

¿Apocalípticos o integrados?

Una vez aclarado el diagnóstico queda una cuestión en el aire que resulta importante para trazar un plan de acción: ¿ha sido el avance instrumental lo que ha provocado necesariamente el cambio de civilización? Es decir: ¿un plan de vuelta atrás o de un paso adelante en términos de civilización implica un rechazo a la técnica? En breve: no. Pero si no se desarrollan las virtudes necesarias para digerir los cambios y otorgarles una orientación humana los medios imponen su lógica; es decir: cuando no se los interpreta dentro de una historia que es fundamentalmente la misma que daba forma a esos relatos clásicos: conocerse a sí mismo, madurar la personalidad, servir a los necesitados, engrandecer la patria, conocer la verdad, disfrutar con la belleza…

Umberto Eco -el famoso semiólogo italiano autor de “El nombre de la rosa” escribió en 1965 un libro sobre la cultura de masas con un título muy elocuente: “Apocalípticos e integrados“. Esta interpretación de la cultura actual podría etiquetarse de “apocalíptica”. Sin embargo, pienso que no lo es del todo, pues admite que nada “apocalíptico” ha sucedido. La vida sigue casi igual. Pero tampoco es “integrado”, en el sentido de que me encuentre cómodo en la nueva situación, sin ninguna inquietud por cambiar las cosas.

Los libros con los que empezar de nuevo

Pero aún no he contestado a la pregunta: ¿Cómo se educa en este contexto? ¿Es posible no ser apocalípticos, y sin embargo cultivar una identidad -a base de lecturas y de diálogo- que nos haga sabernos parte de una historia? ¿Es posible ser parte de algo que se ha terminado? ¿No lleva eso a encerrarse en un mundo paralelo? ¿Si hacemos un mundo paralelo, no se corre el riesgo de anquilosamiento tradicionalista y nostálgico? En esa circunstancia cualquier señal de resistencia por parte de la realidad (social, educativa, vital, etc.) termina desaprovechada pues en vez de inducir al cambio y a la adaptación -necesarias- lleva a la afirmación absoluta de los principios en una progresiva desconexión con la realidad.

Solo queda una opción, un relato verosímil y compatible con lo grande de la civilización y la apertura vital a las nuevas realidades y nuevos retos. Y es el relato de un nuevo comienzo. Un nuevo comienzo que exige elegir (discernir) qué libros -de la inmensa biblioteca que nos ha legado la civilización occidental- salvamos del naufragio para seguir leyéndolos y comentándolos y dándolos a leer, incluso a quien no comparte nuestras referencias.

En ese sentido, pienso que la prioridad entre los diversos relatos es: 1) el relato bíblico (y su continuación cristiana); 2) algunos elementos de la sabiduría clásica greco-romana, pero también de la antigüedad y la edad media cristianas; 3) los relatos-literaturas nacionales, con un cierto relativismo en este caso. A estos es preciso añadir cada vez más el conocimiento de las culturas y religiones del mundo, aunque no como algo a lo que se pertenece. El motivo para este orden es que el relato que tiene más capacidad de sostener las otras dimensiones de la vida es el bíblico. Pero no se debe olvidar que “la fe que no se hace cultura es una fe muerta” (Juan Pablo II). Por tanto no basta solo con un barniz piadoso.

Emprender el camino correcto

Además, evidentemente no habrá un nuevo comienzo solo leyendo viejos libros ni repitiendo sentencias del pasado; y mucho menos quedándonos encerrados en nosotros mismos. De la conversación entre nosotros y la confrontación amable o no con los demás habrán de salir nuevas obras de arte, de pensamiento, de literatura; nuevos modos de convivir, de resolver los problemas, de abordar los retos comunes: una nueva cultura.

Alguien dirá: no has dicho cosas muy prácticas. Puede que no. Pero solo pensar en estos temas tiene tremendas implicaciones prácticas. Es fácil ver que educar para formar parte de una minoría cerrada y “pura”, es muy distinto de lo aquí expuesto… O seguir educando como si el mundo fuera el de antes (porque quizá el de los adultos aún lo es)… O limitarse a enfatizar la adquisición de competencias instrumentales, sin resolver para esta generación el problema del relato… O hacer esto mismo pero porque se piensa que la emancipación humana vendrá de la ciencia y la tecnología y por tanto del abandono de los grandes relatos… O educar pensando que es posible una inmediata restauración de lo anterior por un golpe de fuerza, en vez de cultivar con paciencia el futuro en forma de pequeña semilla…

Esas diversas actitudes dan lugar a decisiones divergentes cada día en instituciones educativas (desde la familia hasta la Iglesia, pasando por la escuela pública o privada). Acertar no es fácil; perseverar es heroico. Pero aún es más difícil acertar sin un adecuado diagnóstico desde la perspectiva de la filosofía de la historia, como el que aquí he esbozado.

Y la perseverancia en la dirección equivocada termina en frustración, que es donde me parece que están muchos educadores.

PD: De un modo misterioso, pero que se entiende mejor a la vista de lo expuesto aquí, Benedicto XVIdijo una vez que se veía a sí mismo como el último de una época y el primero de un tiempo nuevo. Es probable que algunos de esos “nuevos libros” que están por escribir lleven ya su firma. El Papa Francisco sin duda pertenece ya al tiempo nuevo.

PPD: He dejado aquí aparte las consecuencias demográficas y geopolíticas de todo esto. Que las está teniendo. Y las referidas a la ciencia básica como fundamento de la tecnología.