¿Están las humanidades en peligro de extinción?

por | 5 agosto 2021

Crisis a debate

La literatura, la historia, la filosofía o el arte llevan tanto tiempo en extremo peligro que deberíamos preguntarnos cómo es posible que hayan sobrevivido hasta ahora

Gonzalo Toca Rey 06/06/2021

Escribía con ironía en su blog Wayne Bivens-Tatum, uno de los responsables de la gran biblioteca de la Universidad de Princeton, que las humanidades no podían estar en crisis, porque, sencillamente, nunca habían conocido otra cosa. Y para qué hablar de una crisis sin precedentes cuando, al menos desde los años ochenta del pasado siglo, no existe un solo precedente que no sea crítico. Llevamos, ahí es nada, cuatro décadas de agonía.

Algún día quizá debamos preguntarnos cómo es posible que las humanidades casi bordeen la extinción en un país donde muchos de los grandes debates sociales del siglo XXI tienen unos matices claramente humanísticos. 

Porque ese ha sido el caso de las discusiones sobre memoria histórica (qué queremos recordar, qué queremos olvidar y qué porción de nuestro pasado nos hace ser lo que somos), sobre la transformación que supone la inteligencia artificial (¿pueden ser éticas las máquinas?, ¿debemos resignarnos sin más al progreso tecnológico, aunque nos lleve a perder nuestro medio de vida?), sobre la amenaza del cambio climático (¿hay que renunciar a la prosperidad y el desarrollo para evitar una tragedia?) o sobre la reforma de nuestros modelos de convivencia (¿debemos cambiar la Constitución para incorporar las sensibilidades de nuevas generaciones e identidades?).

Y lo mismo cabe decir de otras controversias algo más recientes, como las que afectan al género (¿qué es una mujer?, ¿qué es un hombre?, ¿existe la sexualidad no binaria?), al lenguaje (¿debemos aceptar el lenguaje inclusivo?), los límites de la ciencia (¿podemos tratar a los epidemiólogos como oráculos?, ¿cómo encontramos el equilibrio entre salud y economía?), la educación (¿realmente sirve de algo enseñar conocimientos en los colegios, o debemos concentrarnos en habilidades?) y la existencia, la necesidad y hasta la obligación de conocer la verdad (porque ese es un aspecto básico en los debates sobre las fake news).

En busca de sentido

Y no solo es que muchas de las grandes controversias sociales hayan tenido matices humanísticos, sino que dos de los nuevos grupos políticos que han marcado la agenda en los últimos diez años –Podemos y Ciudadanos– fueron fundados y promovidos por intelectuales, escritores y profesores de universidad. 

En otros países, como sucedió en Estados Unidos con los neoconservadores, algunos intelectuales alcanzaron tras el 11-S grandes cotas de influencia y poder, y condicionaron la visión y el debate público de la primera potencia mundial.

Quizá nos diga algo también sobre la supuesta marginación e irrelevancia de las humanidades que, en los largos meses de confinamiento al inicio de esta pandemia, El hombre en busca de sentido, del psicólogo Viktor Frankl, se situase como uno de los libros de no ficción más vendidos en Amazon España, siguiese un año después entre los cincuenta títulos más vendidos del ranking general y liderase la categoría de historia. 

El hombre en busca de sentido, conviene recordarlo, hace una lectura humanística y trascendente de la experiencia de su autor en Auschwitz y Dachau y anima a sus lectores a insuflar significado a sus vidas para superar, saludablemente, sus traumas.

No es difícil imaginar la utilidad de este ensayo durante lo peor de la pandemia si tenemos en cuenta lo que contaban sobre Albert Camus escritores tan extraordinarios como Imre Kertész o Aharon Appelfeld, ambos judíos supervivientes del Holocausto. No veían en él a quien les había demostrado que la vida era absurda, sino a quien les reconocía el poder de llenarla de sentido después de un sufrimiento indecible y caótico. Para ellos, en cierto modo, era un optimista…, porque les ofrecía una segunda oportunidad.

Una visión bipolar de la historia

Otro de los problemas que presenta la idea de la crisis fatal de las humanidades es que suele obviar que, como mínimo desde el siglo XVII, su naturaleza y su peso relativo en la vida pública no han dejado de variar y que, por eso, no deberíamos confundir los frecuentes altibajos con períodos de euforia y Armagedón. 

Si asociamos el nacimiento del humanismo con el Renacimiento de los siglos XV y XVI, entonces, cabe recordar que en el siglo XVII ya se puede apreciar una transformación clara de las humanidades y de los humanistas y también un anticipo de su pérdida de protagonismo frente a las disciplinas científicas. Es más, el gran filósofo y educador Stephen Toulmin se atreve a hablar de “contra-Renacimiento”.

Como afirma en su influyente ensayo Cosmópolis, lo que vemos, en ese período, es el declive de la retórica, frente a la palabra escrita, en los grandes debates, y la preferencia por lo universal, lo global y lo permanente, frente a lo particular, lo local y lo coyuntural, en los argumentos y puntos de vista de los principales pensadores europeos. Fue, según él, una especie de transición del humanismo al racionalismo, del legado de Montaigne y sus insinuantes ensayos al de Descartes y su rígido método. También se puede apreciar aquí el germen de la separación de las humanidades y las ciencias sociales.

No sería fácil argumentar que las humanidades llevan en crisis desde el siglo XVII. Sería más sencillo sostener, sin embargo, que han vivido desde entonces una larga cadena de transformaciones a veces dramáticas (la que describe Toulmin sería la primera), y que no por ello han dejado de ser relevantes.

La edad de oro

Tampoco parece tener mucho sentido que se proclame la presente agonía de las humanidades comparándolas, sencillamente, con dos períodos históricos excepcionales y totalmente idealizados. El primero sería el Modernismo, que se convertiría, para muchos, en una edad de oro canónica, frente a la que las artes y las humanidades que sucedieron a Picasso o James Joyce solo actuarían como una vaga sombra. En este sentido, Nueva York jamás superaría a Viena y París nunca volvería a ser París.

El gran escritor George Steiner resumía bien esta sensación en dos ensayos publicados en 1979 y 1981, respectivamente. En el primero (Wien, Wien, nur du allein), afirmaba que buena parte de la filosofía, la literatura, la música clásica y la arquitectura del siglo XX se la debíamos a Viena y, en menor medida, a la capital francesa. En el segundo (The archives of Eden), intentaba demostrar que Estados Unidos no era mucho más que el pacífico museo de la gran cultura europea, nacida al calor de centenarias pulsiones autoritarias y devastadoras.

Si el Modernismo es, para muchos, la edad de oro “aristocrática” de las humanidades, el ascenso de sus genios más abrumadores y la explosión de sus obras más perfectas e inaccesibles, las décadas del milagro económico y social posterior a la Segunda Guerra Mundial son su edad de oro democrática. 

Como recuerda el historiador de Harvard Louis Menand en su recién publicado The Free World, este es el momento en el que Estados Unidos se convierte en la primera potencia cultural del planeta, cuando incorpora a millones de personas a las universidades, multiplica sus índices de lectura y el número de sus alumnos en las disciplinas humanísticas, se suman en cascada las sensibilidades de las minorías étnicas y sexuales en la alta cultura (Saul Bellow, James Baldwin, Joyce Carol Oates), el tiempo de ocio y la renta disponible se amplían rotundamente, y los críticos y artistas se convierten poco menos que en estrellas del rock. La mitad de los casi noventa escritores que han protagonizado la portada de la revista Time lo hicieron entre 1945 y 1980.

Poner el listón muy alto

Tanto la erupción modernista como la democratización de la cultura son dos momentos estelares para las humanidades en Occidente. Sin embargo, no por ello deberíamos olvidar sus sombras (la relación entre el Modernismo y el fascismo que ya estableciera el historiador Roger Griffin, el poder de la censura en la década de los cuarenta y los cincuenta…), ni que muchos de sus contemporáneos no las vivieron como el culmen de las artes y las letras. Había, para ellos, precedentes mucho más fabulosos, desde los clásicos de Roma y Grecia hasta los períodos que encumbraron a Shakespeare, Cervantes, Leonardo, los románticos alemanes o los realistas rusos

En definitiva, seguramente es cierto que las humanidades se encuentran seriamente eclipsadas frente al prestigio y la centralidad de la ciencia, que las obras y los creadores culturales más complejos han vuelto a ser puramente minoritarios, que las aulas de las disciplinas humanísticas universitarias se están vaciando, porque se consideran una vía muerta para acceder a un buen empleo, y que han ganado poder los colectivos que defienden la marginación y exclusión de obras controvertidas. 

Pero, a pesar de todo esto, cabe preguntarse si es justo y proporcionado considerar irrelevancia, declive o agonía todo lo que no se parezca a los momentos culturales más extraordinarios de nuestra historia reciente.