Universitarios que no leen

Álvaro González Alorda
Publicado en Nuestro Tiempo

Antes de que te des cuenta, han pasado más de veinte años desde que te graduaste en la universidad, un periodo determinante en la propia biografía, pero al que entras con un manual de instrucciones incompleto, en el mejor de los casos. De hecho, yo solo recuerdo una: «Busca un mentor».

Nada más llegar a la Universidad fui a hablar con un directivo conocido por mi familia, Quino Molina, quien me atendió en su despacho como si hubiese estado esperándome desde hacía dos o tres glaciaciones. Me entregó una hoja, se recostó en la silla, me dijo «Apunta» y —con un gesto de entre general y médico de cabecera— empezó a enumerar esta lista:

1. «Leer un libro a la semana. Empezar con un clásico: Hamlet». Traté de hacerle caso, excepto durante los meses de exámenes.

2. «Leer todos los días un periódico internacional, otro nacional y otro local». Hice lo que pude, ya que, en el pleistoceno digital, aún no existían los diarios online.

3. «Estudiar dos idiomas». Empecé con uno y I’m still working on it.

Aquel plan tenía media docena más de recomendaciones —algunas relacionadas con el deporte y el descanso— que marcaron el rumbo y el ritmo de mis años en el campus. Aunque la de asistir siempre a todas las clases la ignoré en ciertas materias, ganando tiempo para el primer punto. Esto me causó algunas cicatrices en el expediente académico que ahora veo como homenajes a las dos actividades fundamentales en la universidad: leer y conversar. Ambas imprescindibles para garantizar que el estudio no se quede en una superficial memorización.

Hace unos meses, presenté a cincuenta líderes de una universidad americana la formidable lista de libros leídos por uno de ellos durante el último año, pero sin mencionar su nombre.

—¿Qué os parece? —les pregunté, con el deseo de abrir un debate.

—Pues que debe de ser un divorciado que aún no se ha suscrito a Netflix —bromeó uno.

Y disimuladamente observé un gesto de sonrisa perpleja en aquel lector infatigable, que tiene una familia encantadora y una responsabilidad imponente en una institución con diez mil profesores y noventa mil alumnos; y a quien ninguna de estas dos empresas le impide encontrar tiempo para seguir leyendo y estudiando, tal como hacía veinte años atrás.

Cada vez que una universidad gradúa a un universitario que no lee se hace cómplice de un fraude: el de producir meros técnicos sin la hondura humana para comprender —ni contribuir a resolver— la enorme diversidad de retos que plantea el mundo de hoy. Retos que requieren soluciones integrales, con fundamento antropológico, no simplemente poner parches sociales, económicos, políticos o tecnológicos, como el que actualiza una app añadiendo varias líneas de código.

En la segunda fila del banquillo de los acusados por este fraude, habría que sentar a esos profesores que no supieron contagiar a sus alumnos la pasión por la lectura, quizá porque la excesiva dedicación a tareas administrativas ha agostado su vitalidad intelectual. Y en la primera fila, a esos alumnos que no han desarrollado la autodisciplina que se requiere para encontrar tiempos y espacios de lectura en la era de la constante distracción digital.

En mi experiencia de consultoría de transformación, el reto de la lectura también afecta a las organizaciones y empieza en los equipos directivos, con frecuencia tan ocupados en la operación que apenas dedican tiempo a la estrategia y al desarrollo de personas, dos dimensiones esenciales de su rol que requieren permanente alimento intelectual. Eso explica la proliferación de programas paliativos de liderazgo, cuyo impacto es cuestionable cuando no logran transformar los hábitos de los directivos. Algunos tan básicos como el de la lectura.

La pregunta «¿Qué carrera estudiaste?» se está haciendo progresivamente irrelevante. Hoy la cuestión clave es «¿Qué estás estudiando ahora y cómo?». Aunque te graduases hace veinte años.

Álvaro González Alorda [Com 96 PDD-IESE 06], socio director de Emergap.