Seguimos necesitando héroes

por | 25 julio 2021

EL ejemplo de ‘La Rosa Blanca’ muestra que no se requieren especíales dosis de clarividencia intelectual para desenmascarar a un régimen perverso

Alejandro Navas

El centenario del nacimiento de Sophie Scholl coincide con el bicentenario de la muerte de Napoleón, ampliamente celebrado. En cambio, pocos han reparado aquí en la efemérides de la heroína alemana, víctima de Hitler.

No cabe mayor contraste entre ambas personalidades: el gigante militar y político francés frente a la gris estudiante alemana. Pero, mientras la figura de Napoleón se somete hoy a crítica, la de Sophie Scholl se agiganta con el paso del tiempo. Y eso que no realizó gestas heroicas: se limitó a repartir en la Universidad de Munich unos panfletos que denunciaban las atrocidades del régimen nazi. La acción de denuncia se completó con algunas pintadas.

Sophie no actuó en solitario, sino que pertenecía a un grupo de resistencia integrado por unos pocos alumnos y profesores. En un principio, eran cinco estudiantes, a los que se sumaron adeptos en diversas ciudades alemanas. Poca gente, y con muy pocos recursos, pero el Gobierno reaccionó con rapidez y contundencia. Un conserje de la Universidad había identificado a los jóvenes implicados y la policía los detuvo enseguida. El interrogatorio, acompañado de tortura, sucedió el 22 de febrero de 1943 y fue muy breve. El juicio sumarísimo acabó con sentencia de muerte y los hermanos Scholl -Sophie y Hans- y Christoph Probst, líderes del grupo «subversivo”, acabaron guillotinados ese mismo día. Los demás miembros, acusados de simple colaboración, sufrieron condenas de prisión, entre seis meses y diez años.

La familia Scholl, orgullosa de la gesta de Sophie y Hans, promovió tras el final de la guerra un “relato” de su martirio claramente hagiográfico. La investigación posterior ha ido poniendo las cosas en su sitio: por ejemplo, Sophie perteneció, como todas las adolescentes de su generación, a las juventudes hitlerianas, y consideró la posibilidad de hacer carrera dentro del movimiento. No fue, ni mucho menos, hostil al régimen desde que tuvo uso de razón. Lo mismo vale para su hermano Hans. En realidad, la “desmitificación” engrandece todavía más sus figuras. Una niña que desde su infancia se enfrenta a un régimen criminal resulta tan edificante como inverosímil. Queda mucho mejor que eligiera la disidencia en la madurez y, además, después de dudas y vacilaciones.

En ese proceso de maduración destacan varios aspectos relevantes también para nosotros. Por ejemplo, lo decisivo de la amistad y de la lectura. En el germen de La Rosa Blanca (así se llamaba el grupo) estuvo una tertulia de estudiantes que se reunía para debatir sobre filosofía, ciencia y arte. Esa conversación se alimentaba de la lectura de autores clásicos. Los Scholl habían crecido en un ambiente familiar protestante, pero en la Universidad descubrieron el pensamiento católico: en Sophie influyeron de modo especial san Agustín y George Bernanos. Para llegar a ser una persona virtuosa hacen falta buenos maestros y lecturas apropiadas, que encaminen el estudio y la reflexión. Pero la perseverancia en el bien se estimula con más raigambre si uno vive rodeado de personas íntegras, que dan buen ejemplo.

Casi todas las grandes novedades que han dejado un surco profundo en la historia y han cambiado el mundo han sido obra de un grupo de amigos: la filosofía clásica griega, el cristianismo, el humanismo renacentista, el romanticismo, el comunismo… Unos cuantos unidos en torno a un ideal valioso y decididos a llevarlo a la práctica a pesar de todos los obstáculos son capaces de dar la vuelta a cualquier sociedad. En términos objetivos, La Rosa Blanca era un mosquito comparado con el venenoso dragón hitleriano, pero los líderes nazis sintieron miedo y no pudieron ocultar el nerviosismo.

Para que prenda la resistencia frente a la tiranía basta con frecuencia un primer chispazo, por minúsculo que sea. “Alguien tiene que dar el primer paso”, respondió Sophie al Tribunal del Pueblo que la interrogaba. Para más inri, pronunció esas palabras con una pierna rota, a consecuencia de la tortura sufrida horas antes a manos de la Gestapo. El ejemplo de La Rosa Blanca muestra que no se requieren especiales dosis de clarividencia intelectual para desenmascarar a un régimen perverso. Es más, el caso nazi puso en entredicho a algunas de las mentes más supuestamente lúcidas de la Alemania de esa época, que sucumbieron a las tentaciones de la bestia. Bastaba un mínimo de honradez intelectual y de fortaleza de carácter para hablar y no callar ante la injusticia: el silencio nos convierte tantas veces en cómplices de la iniquidad. Cuando la mayoría calla o mira -miramos- a otra parte, hace falta alguien que dé el primer paso. Sobran abstrusos discursos; como la niña del cuento de Andersen, que señala al emperador y dice con sencillez que está desnudo, se trata de decir la verdad sin tapujos. Mostrar lo evidente y recordar lo obvio llegan a adquirir así el carácter de acción subversiva y liberadora. Sophie Scholl y sus compañeros nos enseñan que cualquiera puede hacerlo.

Alejandro Navas

Profesor de Sociología de la Universidad de Navarra