Cannabis: Del camello al “big business”

por | 31 mayo 2021

Publicado el 14 abril, 2021 por El sónar


En el modo de enfocar el consumo de cannabis se observa una paradoja. Algunos Estados, cansados de la “guerra a las drogas”, se deciden a legalizar el cannabis para uso recreativo, considerándolo una nueva “industria”. Al mismo tiempo, las agencias sanitarias se alarman porque el nuevo cannabis tiene una tasa más fuerte de THC –principal constituyente psicoactivo–, lo que aumenta sus efectos perjudiciales y el riesgo de dependencia. Que una sustancia dañina para la salud reciba un tratamiento legal cada vez más favorable es una anomalía en los criterios habituales de salud pública.

En EE.UU. está en marcha la legalización de la marihuana. El pasado diciembre La Cámara de Representantes, de mayoría demócrata, aprobó el proyecto de ley que despenaliza todos los usos de la marihuana y saca al cannabis de la lista de estupefacientes. También da al Departamento del Tesoro las competencias para adjudicar licencias, de acuerdo con las autoridades de los Estados. Es verdad que ya 15 estados habían adoptado leyes que legalizaban el cannabis para uso recreativo. Pero subsistía la prohibición federal, lo que daba lugar a una inseguridad para el mercado legal de la marihuana. Con la nueva ley (MORE Act), desaparecerán numerosas regulaciones, será más fácil el acceso al crédito bancario para estos negocios y este mercado podrá desarrollarse y atraer inversores. La ley tiene que ser debatida todavía en el Senado.

Llama la atención que a la hora de exponer los motivos del cambio legal se haga hincapié sobre todo en las mayores consecuencias penales que han recaído sobre la comunidad negra por la prohibición. No se plantea si la legalización aumentará el consumo, si el mensaje de que las drogas son dañinas perderá credibilidad, si la conversión de los traficantes actuales en empresarios de la droga legal no les ayudará a extender el mercado; en suma, las cuestiones típicas del debate sobre la legalización de las drogas.

En cambio, destaca que las personas de color son arrestadas por posesión de cannabis cuatro veces más que los blancos, que los negros reciben penas más largas que los blancos, y que estos antecedentes penales les impiden entrar en el negocio legal del cannabis. Da la impresión de que la legalización de la marihuana se plantea al rebufo de la lucha contra el racismo, y que el gran éxito sería transformar al traficante de color en hombre de negocios del cannabis. Los promotores de la MORE Act estiman que la prohibición y las intervenciones policiales en los barrios desfavorecidos son injusticias históricas que hay que reparar. Pero también cabría plantearse si la extensión del tráfico de cannabis y otras drogas en la comunidad negra no ha sido un factor importante para su retraso, pues los efectos no son distintos en los cerebros de negros o de blancos.

Sacar al cannabis de la lista de estupefacientes coloca a EE.UU. fuera del marco legal internacional, que prohíbe su legalización excepto para usos médicos o industriales. En este punto la Administración Biden incurre en la misma política unilateral que tanto se reprochaba a Trump a propósito de la retirada de la OMS o del Acuerdo de París sobre el cambio climático. También resultará desconcertante, a escala regional, que a los países latinoamericanos se les pida que luchen contra el tráfico de drogas, mientras que países consumidores como EE.UU. y Canadá pasan a ver el cannabis como un business. Lo más probable es que EE.UU. intente cambiar las convenciones internacionales sobre drogas, ya que el mercado internacional es muy atractivo y en este punto el progresismo antiprohibicionista puede ir de la mano con el negocio.

Mientras algunos Estados legalizan la marihuana para uso lúdico, las agencias sanitarias detectan riesgos que no tienen nada de recreativos. En Canadá, que legalizó el cannabis en 2017 y que ha desarrollado una potente industria, el Centro Canadiense sobre las Dependencias se inquieta del consumo en alza, que a su juicio revela las fragilidades psicológicas de la población. El mercado negro, que constituía el 80% del total antes del primer confinamiento, ha parecido menos seguro a los consumidores, que se han dirigido a la compra on line o a los comercios legales. Hasta el punto de que, cuando se han cerrado comercios en momentos de confinamiento, las autoridades de Quebec o Alberta han decidido considerar a los de venta de cannabis como “comercios esenciales”, y por lo tanto dejarlos abiertos. Parece que en una situación de estrés como la provocada por la pandemia, el efecto calmante o euforizante del cannabis pasa a ser una exigencia de salubridad púbica.

Pero, aunque los usos terapéuticos del cannabis hayan sido la punta de lanza para blanquearlo, la realidad es que cada vez tiene más riesgos. En Francia, según informa, las agencias regionales de salud han dado la señal de alarma sobre el nuevo cannabis “más cargado” cuyo consumo se está difundiendo. La tasa media de THC en la resina de cannabis incautada por la policía, que hasta los años 2000 oscilaba entre el 6% y el 8%, ha subido hasta el 28% en 2019.

También advierten la expansión de cannabinoides sintéticos, que reproducen y potencian los efectos del THC. Sustancias que, con dosis mucho menores que el cannabis natural, son mucho más fuertes. Estas drogas de síntesis son producidas por laboratorios clandestinos, que se adaptan a las exigencias de la demanda. El caso es que el nuevo cannabis aumenta el riesgo de dependencia y sus efectos pueden, en ciertos casos, requerir hospitalización.

Sin duda, el rechazo social de las drogas puede hacerse de distintos modos y con las matizaciones convenientes según su peligrosidad. Pero lo imposible es convertir la producción de marihuana en negocio legal y prometedor, sin que el consumo se extienda y los límites se amplíen.