Un tic que no falla

por | 27 noviembre 2020

Carmen Posadas. Publicado en XL Semanal

En 1944, cuando Inglaterra y la Unión Soviética eran potencias aliadas contra Hitler, George Orwell escribió un opúsculo destinado a convertirse en una de las fábulas políticas más célebres de la historia reciente. Según sus propias palabras, la escribió sobrecogido al ver la admiración que despertaba entre políticos, empresarios e incluso entre los intelectuales británicos el paraíso soviético de Iósif Stalin. Rebelión en la granja cuenta cómo una noche, en la granja mal gestionada por el violento y borrachín señor Jones, los animales, capitaneados por los cerdos, que eran los más inteligentes y resolutos, se rebelaron y lograron expulsarlo de su propiedad. Se instauró entonces una igualitaria hermandad basada en siete mandamientos que rezaban así. Mandamiento uno: todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo. Dos: todo lo que camina en cuatro patas o tiene alas es amigo. Tres: ningún animal usará ropa. Cuatro: ningún animal dormirá en una cama. Cinco: ningún animal beberá alcohol. Seis: ningún animal matará a otro animal. Siete: todos los animales son iguales. Sin embargo, muy pronto los cabecillas de tan noble rebelión empezaron a tener sus diferencias y llegaron entonces las delaciones, las traiciones, las purgas, y Napoleón, uno de los cerdos líderes, consiguió acabar con Bola de Nieve, su hermano y camarada hasta ese momento. También, para ser más eficaz y poder sobrellevar mejor el peso de sus nuevas y arduas responsabilidades, Napoleón estimó necesario mudarse a la antigua casa del señor Jones. Y ya que estaba ahí, y puesto que trabajaba muchísimo, empezó a dormir en la cama del señor Jones y a tomarse un  par de whiskies por las tardes, como hacía el antiguo propietario. Y, ya que estaba, optó también por utilizar su armario y ponerse traje, ante la atónita mirada del resto de los animales, que le recordaron los siete mandamientos que él mismo había formulado. Napoleón entonces les hizo ver que no habían leído bien los mandamientos y así debía de ser porque de pronto pudieron comprobar que, donde antes decía «Ningún animal dormirá en una cama», ahora rezaba claramente: «Ningún animal dormirá en cama con sábanas». Y lo mismo ocurría con el resto del septálogo, de modo que «Ningún animal beberá alcohol» tenía ahora la coletilla «en exceso», mientras que «Ningún animal matará a otro» se había convertido en «No matará a otro animal sin motivo». En cuanto al mandamiento final, ese que dictaba que «Todos los animales son iguales», había sido alargado para explicitar que, sin embargo, algunos animales «son más iguales que otros». Los mandamientos tuneados de Rebelión en la granja me han vuelto a la memoria estos días al ver la entrevista que Irene Montero ha concedido a Vanity Fair. En ella le preguntan si le ha traído muchos problemas haber posado semanas atrás para Diez minutos luciendo modelitos en el ministerio que regenta y esta es su respuesta: «¡Madre mía, nunca me hubiera imaginado esta reacción! Somos plurales y mi obligación es acudir a todos los medios que me invitan. Por otro lado, estoy descubriendo que la moda no siempre es una impostura (sic), también es una forma de expresar cómo eres. Precisamente, lo que nosotros defendemos es un reparto más justo. El acceso a la belleza es un derecho». La entrevistadora le pregunta más adelante si fue un error comprarse una residencia con piscina y dos mil metros de terreno en Galapagar, a lo que responde: «Dimos ese paso para proteger a nuestra familia, y lo ocurrido en estos dos años nos ha dado la razón».

Han sido muchos, tanto de izquierdas como de derechas, los que se han rasgado las vestiduras al ver a quien tanto denostaba la Casta adoptar de pronto sus mismos hábitos y gustos y presumir de ello en una revista de élite. Yo, en cambio, me alegro. Como dice el saber popular, se empieza siendo incendiario y se acaba como bombero. Solo deploro que tanto ella como Iglesias únicamente adquieran los tics más frívolos, reprobables y banales de la clase que desprecian. Podrían intentar adquirir formación, pragmatismo y falta de improvisación u otros atributos más útiles a la clase dirigente. Pero no. Como bien retrata la fábula de Orwell (y se ha cumplido inexorablemente en los países en los que se ha producido una ‘rebelión en la granja’), los animales que las propician al poco tiempo acaban durmiendo en sábanas de seda y bebiendo whisky mientras sus camaradas pasan penurias. Al fin y al cabo, ya se sabe, todos los animales son iguales. Pero algunos son más iguales que otros.