Las ideas de Michael Sandel contra la visión transhumanista del perfeccionamiento de seres humanos

por | 25 noviembre 2020

García Herrería J. JONNPR. 2020;5(7):674-82. DOI: 10.19230/jonnpr.3597

Imagina que en tu empresa repartieran gratuitamente unas pastillas para rendir más en el trabajo. No tienen efectos secundarios, no crean adicción, aumentan la concentración y permiten trabajar muchas más horas sin cansarse. ¿Habría algún reparo moral para tomarlas? Parece que no, pues aceptamos tomar medicamentos y usar la tecnología para curar nuestra salud, por lo que deberíamos también tomar pastillas para mejorar nuestro potencial por encima de nuestras capacidades naturales. Si lo hacemos podremos tener más memoria, ser más eficientes, cansarnos menos, etc. Ante una propuesta así resulta muy tentador aceptar este tipo de sustancias para mejorar nuestro rendimiento.

Esta postura es la que impulsa desde hace décadas la corriente transhumanista(1). Sus propuestas generalmente se movían más en el campo de la ciencia ficción que en el de las posibilidades reales, sin embargo en los últimos años sus ideas se están tomando mucho más en serio, sobre todo entre algunos multimillonarios y empresas tecnológicas de Sillicon Valley, que invierten fortunas con gran optimismo en su desarrollo. Y es que los avances de ciencias como la nanotecnología, la biotecnología, las tecnologías de la información y las ciencias cognitivas (ciencias NBIC, como se las denomina habitualmente), están siendo notables. Por esta razón, no es de extrañar que esta nueva mentalidad considere que estamos acercándonos al momento singular en el que surgirá un ser que no será humano sino que irá más allá y dará lugar a una nueva raza posthumana, capaz de satisfacer las ansias prometeicas del hombre que desea hacerse a sí mismo completamente(2). El nacimiento de esta nueva especie será consecuencia de la fusión de la biología humana con potencia informática.

Ahora bien, antes de lanzar las campanas al vuelo —y sin entrar en la viabilidad técnica del asunto— convendría analizar si esta apuesta por el “mejoramiento” no tendrá también otras consecuencias contraproducentes. Uno de los pensadores que más ha denunciado los efectos negativos de la optimización biotecnológica es el Premio Princesa de Asturias, Michael Sandel. El profesor de Harvard tuvo la suerte de ser un testigo privilegiado de las grandes controversias en torno a estos asuntos desde su puesto en el Consejo Asesor de Bioética del presidente de Estados Unidos. Allí conoció de primera mano los desafíos científicos a los que hoy nos enfrentamos. En su obra Contra la perfección expuso hace 15 años sus críticas al mejoramiento humano, que resumimos a continuación.

Todos estamos de acuerdo en que es bueno curar a las personas de sus enfermedades y dolores. Las discrepancias surgen cuando se utiliza la medicina “no para curar una enfermedad sino para ir más allá de la salud y mejorar sus capacidades físicas o cognitivas, para elevarse por encima de la media”(3). Los partidarios de la optimización consideran que no hay nada malo en tratar de mejorarnos de este modo, pues es lo mismo que hacemos cuando desarrollamos la inteligencia a través de la educación, la forma física con las dietas o la capacidad atlética con el entrenamiento. Por eso, aseguran que sería inmoral no querer mejorarse a uno mismo o mejorar la propia descendencia(4).

Sandel, sin embargo, sostiene que mejorar a los seres humanos por encima de sus capacidades es contraproducente porque promueve una lógica —una mentalidad— controladora, en vez de aceptar que hay muchos aspectos de nuestra vida que es bueno que no controlemos y los veamos como un don (ya sea de Dios, de la naturaleza o del azar). Según él, si no aceptamos nuestras limitaciones en algún punto razonable, empezaremos a lidiar con problemas mucho mayores. Enumeremos algunos de ellos

De curar a mejorar: el crecimiento de la lógica del control

 A) Se desvirtúan muchas actividades humanas, como el deporte o la música

“Reconocer el carácter recibido de la vida es reconocer que nuestros talentos y nuestros poderes no son plenamente obra nuestra, ni siquiera plenamente nuestros, a pesar de los esfuerzos que dedicamos a desarrollarlos y ejercitarlos. También es reconocer que no todo en el mundo está abierto a cualquier uso que queramos o podamos darle. Una apreciación del carácter recibido de la vida limita el proyecto prometeico y conduce a una cierta humildad”(5).

Veamos el caso de los atletas mejorados genéticamente o con medicamentos. Al fin y al cabo, si permitimos mejorar sus cuerpos habrá incluso más igualdad. ¿Hay algún problema para no legalizar estas prácticas? Según Sandel “el auténtico problema con los atletas genéticamente alterados es que corrompen la competición atlética como actividad humana que celebra el cultivo y la exhibición de los talentos naturales. Desde este punto de vista, la optimización puede verse como la expresión consumada de la ética del esfuerzo y la voluntad, una especie de esfuerzo de alta tecnología. Tanto la ética de la voluntad como el potencial biológico que hoy tiene a su disposición, son enemigos del don”(6).

Se podría objetar que los deportistas también hacen dietas y entrenamientos eficaces para el rendimiento, pero contraproducentes para la salud. Sin embargo, la crítica de Sandel sería la misma, pues detrás de estas prácticas también está presente la ambición de dominio de la que antes hablábamos(7). Con independencia de las graves consecuencias para la salud —ya sea con dietas, entrenamiento o biotecnología— debemos aceptar que “respetar la integridad de un deporte significa algo más que jugar de acuerdo con las reglas, o hacerlas cumplir. Significa escribir esas reglas de un modo que celebre las excelencias esenciales para el deporte en cuestión y premie las habilidades de aquellos que lo juegan mejor”(8).

En el fondo, lo que importa es que no pierdan las buenas prácticas que hacen que un deporte tenga valor y despierte admiración. Por ejemplo, despierta admiración la fuerza y nobleza con del rugby, donde no se hacen artimañas para tratar de ganar. Por desgracia cuando no ocurre lo mismo en el fútbol y quien hace trampas se degrada moralmente aunque finalmente se lleve la victoria. Aclarar qué aspectos son esenciales y deben preservarse es algo necesario en muchas otras disciplinas, no solo en el deporte: desde el análisis de los criterios que deben seguirse para otorgar plazas en la universidad hasta para saber quién es mejor músico. Sandel aborda este último caso al preguntarse si debemos aceptar que haya músicos que tomen pastillas para no estar nerviosos en un concierto o si se supone que esta habilidad es parte de la destreza de ser un buen músico(9). Se trata de un debate sobre qué debe valorarse en un músico, ¿el resultado de la música que produce o también los medios de los que se sirve para alcanzar esos resultados? Si usted cree que lo importante es el resultado, quizá no tenga inconveniente en aceptar pronto que las mejores orquestas de música clásica estén compuestas por robots.

La degeneración del deporte o de la música en busca de una eficiencia perfecta, destacando los aspectos más espectaculares aun a costa de destruir otros admirables “no es un fenómeno exclusivo de la época de la ingeniería genética. Sin embargo, ilustra la erosión que pueden suponer las técnicas optimizadoras del rendimiento, ya sean genéticas o de otro tipo, para aquella parte de las prácticas atléticas y artísticas que tienen por objeto celebrar los talentos y los dones naturales”(10).

 B) Falta de libertad y multiplicación de la responsabilidad.

Volvamos al ejemplo de las pastillas que nos ofrece nuestra empresa para rendir más. Aparentemente suena estupendo, pero también tiene su contrapartida. Para empezar, no es fácil que uno sea libre o no de tomarlas, pues el rendimiento del equipo de trabajo también depende de que cada uno dé lo máximo. ¿Al fin y al cabo para qué se necesitan tantas vacaciones si una pastilla puede solucionar también la fatiga psicológica?

En la medida en que está a mi alcance mejorar mi potencial gracias a la tecnología y la medicina, es fácil que me vea presionado a tomar ese camino. Es lo que ocurría en el equipo ciclista de Lance Armstrong, donde aquellos que no estaban dispuestos a doparse eran mal vistos por sus compañeros, pues no aguantarían la exigencia de las carreras. ¿No sucedería lo mismo en una empresa si se comercializan las pastillas para ser más inteligentes o aguantar más horas trabajando? ¿No tendrán derecho los jefes y compañeros a demandar al resto de trabajadores que las consuman y muestren un compromiso mayor para cumplir con los objetivos de la empresa?

“A veces se piensa que la optimización genética mina la responsabilidad humana al suprimir el esfuerzo. Pero el auténtico problema es la multiplicación de la responsabilidad, no su erosión. Al tiempo que se pierde la humildad, la responsabilidad alcanza proporciones intimidantes. Cada vez hay menos que atribuir al azar y más a la elección. Los padres se convierten en responsables de elegir, o no elegir, los rasgos idóneos para sus hijos. Los atletas se convierten en responsables de adquirir, o de no adquirir, los talentos que contribuirán a la victoria de su equipo”(11).

Este condicionamiento de mi libertad y la correspondiente multiplicación de la responsabilidad ya se da en otros ámbitos. Por ejemplo, Sandel comenta cómo “antes, dar a luz a un niño con síndrome de Down era visto como una cuestión de azar; hoy, muchos padres de niños con síndrome de Down y otras discapacidades genéticas se sienten juzgados o cuestionados. Un terreno gobernado por la fortuna es ahora un terreno de elección”(12).

 C) Predisposición a no compartir mi destino con el de los demás

Si los talentos y capacidades dependen de las decisiones que uno toma y no son vistas como un don, es fácil pensar que se ha hace a sí mismo y, en consecuencia, no sentirse inclinado a compartir el propio destino con los menos favorecidos, puesto que ellos también han podido mejorar sus talentos y no lo han hecho.

La lógica del control —del mejoramiento— acaba transformando el modo en que entendemos la propia vida y nuestras obligaciones con los demás. Un ejemplo paradigmático en este sentido es cómo afectaría el mejoramiento biotecnológico a los seguros sanitarios. Sandel comenta que “en la medida en que las personas no saben si padecerán enfermedades graves, ni cuándo, están dispuestas a compartir el riesgo comprando seguros de salud y de vida. A la larga, los sanos acaban financiando a los enfermos (…). Las personas ponen en común sus riesgos y sus recursos, y comparten el destino de los demás”(13).

Sin embargo, si unas personas saben que tienen mejor genética que otras, podrán sacar seguros de vida más baratos y con mejores condiciones. Por contra, los no optimizados tendrán primas más altas por tener más riesgos de contraer enfermedades. No se trata de un ejemplo hipotético. En 2003 “el miedo a que las empresas de seguros pudieran usar datos genéticos para evaluar riesgos y establecer primas llevó a que el Senado de Estados Unidos votara recientemente una ley que prohibía la discriminación genética en los seguros de salud”(14).

Sandel explica que “paradójicamente, la multiplicación de nuestra responsabilidad por nuestro propio destino, y también por el de nuestros hijos, podría reducir nuestro sentido de la solidaridad hacia los más desafortunados. Cuánto más conscientes somos del carácter azaroso de nuestro destino, más razones tenemos para compartirlo con otros”(15). Si uno concibe sus talentos como un mérito propio o heredado de sus padres, será más difícil que esté dispuesto a compartir su destino con el de los demás. Y es que “solo una aguda conciencia de la contingencia de nuestros dones, de que ninguno de nosotros es plenamente responsable de su éxito, puede salvar a una sociedad meritocrática de caer en la arrogante presunción de que el éxito es el coronamiento de la virtud, de que los ricos son ricos porque lo merecen más que los pobres”(16).

 D) Distorsión de las relaciones de filiación

Nace el derecho a diseñar hijos

“En un mundo que valora el dominio y el control, la crianza es una escuela de humildad. El hecho de que nos preocupemos tanto por nuestros hijos, y sin embargo no podamos elegirlos, enseña a los padres a mantenerse abiertos a lo recibido. Dicha apertura es una actitud que merece ser fomentada, no solo en las familias sino en el mundo en general. Nos invita a aceptar lo inesperado, a vivir con la disonancia, a dominar el ansia de control”(17). En nuestros días poco a poco pasaremos de que la mejora genética de los hijos se una opción a que constituya una obligación moral, pues de lo contrario no se dota a la descendencia de la máxima inteligencia y salud posibles.

Sin embargo, Sandel cree que “tratar a los hijos como dones es aceptarlos como son, no como objetos de nuestro diseño, o productos de nuestra voluntad, o instrumentos de nuestra ambición. El amor de los padres no está en función de los talentos y los atributos que resulte tener su hijo. Escogemos a nuestros amigos y a nuestras parejas al menos en parte en razón de las cualidades que encontramos atractivas en ellos. Pero no escogemos a nuestros hijos. Sus cualidades son impredecibles, y ni siquiera los padres más concienzudos pueden considerarse plenamente responsables de cómo sea su hijo. Por eso la paternidad enseña, más que ninguna otra relación humana, lo que el teólogo William F. May llama la “apertura a lo recibido””(18).

 Relaciones de filiación preocupantes

Las posibilidades que abre el desarrollo biotecnológico están produciendo situaciones preocupantes en la crianza de los hijos. En 2018 un millonario japonés decidió gestar 16 hijos con vientres de alquiler de mujeres tailandesas(19). En 2018 causó gran revuelo el caso de Esperminator, un habitual donante de semén que trata de tener una familia variada e internacional con 45 hijos en los 5 continentes(20). Por último, en 2002, una pareja de lesbianas sordas estadounidenses diseñaron un embrión por fecundación in vitro para que naciera sordo(21). Ante casos así, la pregunta es si el deseo de unos padres justifica diseñar a sus hijos conforme a sus antojos, es decir, ¿basta con apelar sólo a los derechos individuales para que algo se deba hacer?

Esta mentalidad excesivamente controladora también se da en los padres obsesionados con hacer de sus hijos grandes deportistas o que estudien en una determinada universidad. Pero “este parecido no justifica que nos lancemos a la manipulación genética de niños y niñas. Más bien nos da razones para cuestionar algunas prácticas educativas habitualmente aceptadas y que se basan más en la presión que en la tecnología. La hiperpaternidad característica de nuestro tiempo traduce un exceso en la ambición de dominio y control, que olvida el carácter recibido de la vida. Y esto nos acerca de forma inquietante a la eugenesia”(22). En el fondo lo importante es rebatir la mentalidad de dominio, ya sea producida por el entrenamiento(23), las dietas, la biotecnología o la educación(24).

Sandel sostiene que el diseño genético “es rechazable porque manifiesta y promueve una cierta actitud hacia el mundo: una actitud de control y dominio que no reconoce el carácter de don de las capacidades y los logros humanos, y olvida que la libertad consiste en cierto sentido en una negociación permanente con lo recibido”(25).

 Conclusión

Hemos visto cómo la mentalidad que fomenta la lógica del control afecta gravemente a muchos asuntos, por ejemplo, cómo concebimos los logros en muchos campos humanos, como el deporte o la música; reduce la libertad y multiplica la responsabilidad moral al condicionarnos para mejorarnos; fomenta el aprecio de la vida como algo que uno merece, no como un don; facilita que no nos sintamos inclinados a compartir nuestro destino con el de los demás; concibe los derechos individuales apelando a la propia voluntad como único criterio para hacer aquello que sea técnicamente posible; condicionar el futuro de los hijos por un afán de control desmedido; y genera unas relaciones de filiación extrañas y preocupantes.

La perspectiva biotecnológica transhumanista tiene una visión indulgentemente optimista respecto a las ventajas de mejorar la especie humana y no parece tener en cuenta las pendientes resbaladizas a las que nos asoma su perspectiva(26). La propuesta de Sandel es una llamada a la precaución, pues no es oro todo lo que reluce. La felicidad humana no consiste tanto en satisfacer nuestros deseos como en moderar nuestra mentalidad controladora omniabarcante. Ojalá tengamos un debate a fondo sobre estas cuestiones, antes de que lamentemos habernos equivocado y sea difícil dar marcha atrás.