Un tiempo para destruir, un tiempo para construir

por | 28 julio 2020

Carmen Posadas. Publicado en XL Semanal

Como muchos de mi generación, llegué al Eclesiastés a través de Bob Dylan. Palabras como que «hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo: un tiempo para nacer y un tiempo para morir; un tiempo para plantar y un tiempo para cosechar; un tiempo para matar y uno para sanar, etcétera», las repetíamos los adolescentes de entonces bailando ‘agarrado’, un placer ahora casi tan olvidado como el Eclesiastés. A medida que fui creciendo, empecé a comprender que Salomón (a quien se atribuye el texto) tenía más razón que un santo. No solo en la vida de cada uno, sino, sobre todo, en la Historia, sus postulados se cumplen inexorables. No quiero aburrirlos transcribiendo todo un texto que, por otro lado, es de sobra conocido, pero me gustaría llegar a la estrofa que viene después de «un tiempo para matar y un tiempo para sanar» porque fíjense en lo bien que encaja con nuestra situación actual, y es esta: «un tiempo para destruir y un tiempo para construir». Ocurrió, por ejemplo, tras la Segunda Guerra Mundial. Después de aquella tragedia que se cobró decenas de millones de vidas, espantada por el horror de lo que acababa de suceder, la especie humana decidió hacer buena letra y emprender la senda de la generosidad y la cooperación. Organismos como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, Naciones Unidas, el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, Unicef o la OMS, así como iniciativas tan eficaces como el Plan Marshall, son todos hijos de la mayor carnicería que ha conocido la historia. Tal fue, según los postulados del Eclesiastés, nuestro tiempo de construir, y en ese limbo (el período más largo de paz y bienestar que ha conocido el mundo en su conjunto) vivimos los afortunados hijos de la segunda mitad del siglo XX. Pero la memoria es corta y, con el transcurrir de los años, el beneficioso efecto preventivo de aquella enorme calamidad fue perdiendo eficacia. Siempre según el Eclesiastés, pasamos «de un tiempo para guardar a un tiempo para desechar; de un tiempo de intentar a uno para desistir; de uno para coser a otro para rasgar». Llegó entonces el siglo XXI y, con él, todos los pasmos que ahora nos asombran. Si en el año 2000 un adivino hubiese vaticinado que en la primera veintena del nuevo siglo volveríamos a las guerras de religión, moros contra cristianos; que una especie de caudillo semiiletrado e irresponsable regiría los destinos de los Estados Unidos y que en Europa veríamos el reverdecer de los viejos y caducos nacionalismos, habríamos pensado que el ‘pitoniso’ en cuestión empinaba demasiado el codo. Y, sin embargo, eso es lo que ocurrió. Pero aún hay más: ahora que en términos absolutos existen en el mundo más personas con estudios que nunca antes en la historia, ahora que todos tenemos acceso fácil e incluso gratis a la información, descubrimos que esa sobredosis de datos crea tal desinformación que la mentira campa a sus anchas. Así, gente supuestamente preparada acaba creyendo las patrañas más inverosímiles. Otro efecto paradójico también es el que atañe a la ética, a las costumbres. Libres al fin de toda censura impuesta desde arriba, esta ha sido reemplazada por la corrección política, ese ente difuso e inquisitorial que dicta y ordena lo que hay que pensar y lo que no. Si a esto unimos un hedonismo y un narcisismo absurdos y una falta de valores notable, tenemos ya el panorama general de cómo era el mundo hasta hace unos meses. Y en eso que llega la pandemia. Un fenómeno tan global como catastrófico para recordarnos (Eclesiastés dixit) que después de un tiempo para saltar y reír llega siempre uno de recogimiento y llanto. Pero para recordarnos también que cuanto más grande es el desastre, más generosa y eficaz será la reconstrucción. Hay, además, otro dato esperanzador. Como dice Isabel Allende, «esta es posiblemente la primera vez en la historia que existe la sensación de que somos una sola humanidad, que lo que le pasa a uno le pasa a todos». Ojalá esta circunstancia, inédita hasta ahora, sirva para mirar juntos en una misma dirección de modo que, una vez más en palabras del Eclesiastés, a un tiempo para enfermar lo siga un tiempo para sanar. Y yo añadiría: también un tiempo para cambiar.