Objeción de conciencia en el proyecto de ley de eutanasia: «¡Yo no!»

por | 3 abril 2020

Una de las heridas más grandes de Alemania tras la II Guerra Mundial fue la conciencia de culpa por la participación masiva de una sociedad en un régimen demencial como el nazi. Millones de muertos en campos de exterminio reclamaban un examen de conciencia. Es verdad que los botones que soltaban el gas Zyklon B los apretaron muy pocas personas. Pero no por eso fueron los únicos responsables.

Lo contaba con clarividencia Hanna Arendt al describir su encuentro con Eichmann en Jerusalén: ese hombre, autor de la solución final para el problema judío, declaraba que nunca había odiado a nadie (ni siquiera judío), y que su trabajo consistía fundamentalmente en organizar un horario de transporte de trenes. Arendt en él no vio a un monstruo, sino a un burócrata, a un hombre del traje gris. Y así fue la aceptación de tantos alemanes: abrazaron el mal sin ver a la Bestia, de una forma banal, abstracta… y solo al despertar del sueño totalitario se supieron culpables.

Se propone un proyecto de ley de eutanasia en el Congreso. Progresismo, mayorías, demanda social, perder el miedo a la visión religiosa del mundo, libertad, ¡derechos humanos!, etc. son algunas de las etiquetas del momento. También se asegura –¡solo faltaba!– que no será una ley de obligado cumplimiento, sino solo aplicable a quien pida ese trato en sus momentos finales de forma «clara y distinta» y en algunos supuestos (palabra conocida por su condición de coladero en otras leyes relacionadas con la finiquitación de vidas humanas).

Por último, y para que se vea la inclinación pro choice del espíritu de la nueva ley, se asegura que habrá una defensa contundente de la objeción de conciencia de los profesionales sanitarios que no se sientan capaces de suministrar a un enfermo la pastilla, inyección o lo que sea, que termine con sus vidas. ¿Nos harán estas condiciones menos culpables?

Pero no lo hicieron…

«¡Yo no!», deberían haber dicho los mandos militares a los que encargaron gobernar los campos de exterminio. Pero no lo hicieron.

«¡Yo no!», deberían haberse rebelado los soldados que se suponía que tendrían que obedecer las órdenes de esos mandos, porque estos mandaban lo imposible. Pero no lo hicieron.

«¡Yo no!», es también la frase que tendría que haber salido de los conductores de trenes, los guardavías, los encargado de unir los vagones, los vendedores de periódicos en la estación, los policías municipales que ordenaban el tráfico, las madres de familia que vieron a esos extraños pasajeros desde sus ventanas mientras amamantaban a sus pequeños. Pero no lo hicieron.

¿Cuál debe ser la medida de la objeción de conciencia? Para que cada uno pueda decidir con libertad según su conciencia, será necesario defender la transparencia total del proceso completo: hacer públicos los lugares dónde se van a practicar los actos de eutanasia activa para que cualquier persona pueda decidir si quiere, o no, colaborar de algún modo, o no, con esas instituciones.

Por eso sería falaz denominar al resultado de esas acciones con el apelativo de «muerte natural», porque serán estrictamente causadas por acciones artificiales. Mentir impediría el ejercicio real de la libertad de conciencia. El conductor de tren tenía que conocer qué carga llevaba, y a dónde y para qué la transportaba, y eso lo hacía responsable de su decisión de continuar guiando la locomotora.

Para evitar la discriminación por convicciones

De forma análoga, los médicos deberán tener derecho a decidir si quieren participar en el exterminio de una vida (en eso consiste la acción positiva de matar). Y esa convicción de conciencia no deberá ser nunca un obstáculo para conseguir/conservar un trabajo hospitalario, porque entonces estaríamos en una situación de discriminación por convicciones.

También será un derecho del personal de enfermería: poner un termómetro, transportar una jeringuilla o una cama, monitorizar a alguien que va a ser activamente matado, son acciones en las que por conciencia deben tener la posibilidad de no participar. Ni antes, ni durante, ni después, pues de otro modo se harán cómplices.

Y lo mismo tendrá que ocurrir con el personal administrativo y de servicios: ¿se puede llevar el control de gastos o la gestión de camas de un lugar en el que se está matando a seres humanos? ¿Se respetará a quienes decidan que no van a participar de ningún modo en ese tipo de gestión? ¿Debe pasar la mopa un empleado de limpieza en una habitación donde acaba de darse muerte a alguien sin dejarle preguntarse si quiere estar allí? ¿Es una acción indiferente, o es ya una toma de postura?

¿Mi médico mata?

De modo similar, ¿no habría que avisar de algún modo a un taxista que esa persona que lleva en su taxi se dirige a un centro de trabajo para matar a alguien, y que pueda de ese modo decidir si quiere colaborar o negarse a colaborar con esa muerte? ¿Será pública la lista de los doctores con estómago para matar, de forma que sus pacientes sepan a qué atenerse en caso de que les pidan consejo sobre su proceso, por ejemplo, tumoral?

Y el enfermo que va a un hospital a recoger unos análisis necesitará saber si en ese lugar se practican eutanasias activas para que en conciencia pueda decidir si participar con su gesto (recoger unos análisis) en la normalización de algo que le repugna en conciencia (que en ese mismo lugar haya gente que mate a gente), y necesitará también tener la posibilidad de elegir para su tratamiento médico un hospital que de ningún modo realice ese tipo de acciones contrarias a la práctica médica.

Si eso no es así, en muy poco tiempo todos –también los que piensan que la dignidad humana es una dignidad absoluta, no relativa a ningún contexto–, acabarán siendo cómplices de la banalización de un tipo concreto de asesinato. Tiene que reconocerse y defenderse el derecho a no colaborar de ningún modo con la normalización/banalización de la eutanasia activa.

«¡Yo no!». Al final de la guerra eran muy pocos los alemanes que podían decir con fuerza esta expresión. Muy pocos los que se jugaron vida, puestos de trabajo, fama y bienes por defender su conciencia y por defender a los más débiles. Así lo cuenta Joaquim Fest en un extraordinario libro con ese mismo título (Taurus, 2017). Solo ese pequeño puñado de mujeres y hombres se opusieron a la aceptación banal de los crímenes más horribles que imaginarse puedan. Solo ese puñado de mujeres y de hombres pudieron vivir la postguerra ajenos a la culpa.

Javier Aranguren
Doctor en Filosofía. Universidad Francisco de Vitoria