Dignidad sin cicuta

por | 3 marzo 2020

Ignacio Aréchaga. Publicado el 19 febrero, 2020 en El sónar

En los debates sobre la eutanasia se enarbola a menudo la bandera de morir con dignidad. Pero hay distintos modos de entender la dignidad y, por tanto, de lo que puede deshumanizar la muerte. En un dictamen sobre la eutanasia, el Comité Consultivo Nacional de Ética de Francia distinguía dos concepciones sobre la dignidad. Los partidarios de provocar la muerte por la eutanasia se refieren a una concepción subjetiva de la dignidad, el modo de verse el individuo a sí mismo en función de sus deseos y sus valores. Esta dignidad podría quedar anulada por la merma de la autonomía y de la calidad de vida que produce la enfermedad grave. En tal caso, la eutanasia elegida reafirmaría la dignidad de una voluntad libre contra el destino inevitable. Esta es la concepción que subyace en la proposición de ley sobre eutanasia que promueve el gobierno español.

Pero hay otro modo de considerar la dignidad de la persona y, por tanto, de entender la muerte digna. Según esta otra concepción, la dignidad es una cualidad intrínseca de la persona, que no dependería de su condición física o psicológica. Por el mero hecho de pertenecer a la humanidad, la persona tiene una dignidad inalienable que permanece siempre, y decir que la eutanasia permite, en ciertas situaciones, una muerte “más digna” no tendría sentido.

A esta concepción de la dignidad apunta el reciente libro del filósofo Javier Gomá, Dignidad, aunque no entre en el debate de la eutanasia. Al hacer un recorrido histórico sobre la idea de dignidad, muestra cómo se ha ido pasando de una concepción premoderna de la dignidad, propia solo de los que la merecían, a la actual concepción igualitaria, poseída por todos y siempre. Esta dignidad sería irrenunciable, imprescriptible, inviolable (aunque a menudo violada, de hecho), y exigiría su respeto por parte de todos. Esta concepción estaría en la base de la doctrina de los derechos fundamentales: “La dignidad democrática se recibe por nacimiento –escribe Gomá– y otorga a su titular derechos sin mérito moral alguno por su parte, válidos incluso aunque desmienta esta dignidad de origen con una odiosa indignidad de vida”.

¿No es esta idea de dignidad la que nos ha llevado a abolir la pena de muerte? Incluso en el culpable de un crimen horrible seguimos reconociendo una dignidad que impediría su aniquilación. Como explicaba en una reciente entrevista el abogado Bryan Stevenson, que en su lucha contra la pena capital en EE.UU. ha rescatado a 135 personas del corredor de la muerte, “todos somos algo más que el peor acto que hayamos cometido”. También podríamos decir que todos somos algo más que el peor estado en que nos encontremos por la enfermedad.

Cuando una persona estima que su vida no es digna de ser vivida, y la ley le reconoce el derecho a una muerte prematura, es inevitable que los motivos para aceptar la eutanasia se vayan ampliando, ya que el dolor ante la vida es muy subjetivo y se presenta en circunstancias imprevisibles. Así ha ocurrido en Bélgica, donde la deriva de la eutanasia ha llevado a admitirla primero para el dolor físico insoportable y luego también para el psíquico, del enfermo terminal al incurable, del paciente que la pide al que no puede dar su consentimiento por estar inconsciente.

Pero en 2014 se presentó un caso que sumió en la perplejidad a un país habituado a la eutanasia. Un condenado a cadena perpetua pidió la eutanasia para liberarse de una vida sin sentido. Frank van den Bleeken es un violador en serie y culpable de un asesinato, que a los 20 años fue condenado a cadena perpetua. Tras cumplir 30 años de condena, pidió la eutanasia porque consideraba que su trastorno mental le causaba un “dolor intolerable” que le incapacitaba para desarrollar una vida digna. Según su abogado, dos psiquiatras que le visitaron en prisión concluyeron que sufría de modo continuo y que su trastorno era incurable, por lo cual la eutanasia estaría justificada. El caso era singular, porque en la práctica suponía que un preso pidiera para sí mismo la pena de muerte, abolida en Bélgica. Pero si él pensaba que su vida no tenía sentido y los médicos consideraban que sufría una enfermedad grave e incurable, ¿cómo negarle la eutanasia? La Comisión Federal de Eutanasia aprobó su propuesta.

Finalmente, el Ministro de Justicia anunció que, en vez de la eutanasia, Bleeken sería enviado a un psiquiátrico penitenciario. Pero el caso reveló la incongruencia de un sistema en el que sería indigno aplicar la pena de muerte aunque el reo la pidiera, pero se le podría aplicar la eutanasia por respeto a su dignidad.

La solución de la inyección letal para alcanzar una muerte digna supone de hecho cosificar al enfermo, lo cual es muy poco digno. A juicio de Gomá, “el acto inmoral por excelencia será siempre un acto de cosificación, en virtud del cual, confundiendo al hombre con la cosa, lo deshumaniza al dispensar indebidamente a los seres con dignidad el tratamiento que conviene a los que solo tienen precio”.

Algunos se preguntan: ¿por qué eliminamos a una mascota cuando sufre sin remedio y en cambio obligamos a nuestros congéneres humanos a sufrir hasta el final? En primer lugar, cabe responder que unos buenos cuidados paliativos pueden conseguir que la prolongación de la vida no equivalga a prolongar el sufrimiento. Pero sobre todo, no tratamos igual a los hombres y a los animales porque el ser humano tiene dignidad. Como ha escrito el doctor y bioético Leon Kass: “Eliminamos a los animales porque no saben que se están muriendo, porque no pueden afrontar deliberadamente su sufrimiento y no pueden alcanzar un final digno. La lástima por su desgracia es el único sentimiento que puede despertar en nosotros un animal que sufre sin remedio. Pero cuando un ser humano consciente nos pide la muerte, por este mero hecho hace presente algo que nos impide mirarlo como a un animal mudo”.

Considerar la eutanasia o el suicidio asistido como la solución digna para renunciar a una vida minada por la enfermedad, puede tener la consecuencia de que las personas vulnerables e improductivas se sientan “indignas” y que la propia sociedad llegue a verlas así. Para luchar por la dignidad, lo que hay que hacer es superar las condiciones objetivas de indignidad, como pueden ser la falta de acceso a los cuidados paliativos, la soledad de los enfermos, las malas condiciones de vida, los tratamientos ya inútiles… Cuando esto se asegura, la muerte digna dependerá en última instancia de la grandeza de ánimo de la persona, que sabe que va a morir y afronta su destino sin cicuta y sin agarrarse a la vida.