Las máquinas no nos hacen trabajar menos

por | 2 septiembre, 2019

Aceprensa 23.JUL.2019

Fuente: Foundation for Economic Education

Si las máquinas sustituyen a los humanos en cada vez más tareas, deberíamos tener menor carga de trabajo y una semana laboral más corta. Pero, de hecho, no es así. Saul Zimet examina la aparente paradoja en la web de la Foundation for Economic Education.

En los años 30, John Maynard Keynes predijo que “los nietos de su generación trabajarían 15 horas a la semana; el resto del trabajo lo harían máquinas”. En 1965, una comisión del Senado estadounidense auguró una hora menos, 14, para los trabajadores del año 2000.

Metas semejantes han seguido planteándose desde entonces. En 2014, la New Economics Foundation propuso 21 horas semanales; un año más tarde, el sociólogo Peter Fleming defendía la semana laboral de tres días en su libro The Mythology of Work; en 2017, el historiador Rutger Bergman sostenía en Utopía para realistas que la semana de 15 horas es posible y deseable.

El hecho es que, fuera de los que tienen media jornada, la gente trabaja en torno a 40 horas por semana (la media de la OCDE está en 37 horas). ¿Por qué las máquinas no nos dan más tiempo libre?

Eric Goldschein lo achaca al consumismo: trabajamos más porque queremos tener más. Análogamente, Richard Freeman, economista de Harvard, echa la culpa a la competitividad humana: porque queremos superar a nuestros semejantes.

Eso es verdad en parte, dice Zimet; pero hay una explicación económica más fundamental. “Cuando dispones de una innovación que ahorra tiempo, tienes dos opciones: puedes derrochar el tiempo adicional en ocio y descanso, o gastarlo en producir más”. En general, la humanidad siempre ha tendido a la segunda opción, que aumenta y difunde la riqueza, tesis que Zimet defiende además con argumentos darwinistas.

Zimet acude también a un ejemplo que propone Yuval Noah Harari en Sapiens. “Como señala Harari, un mensaje de correo electrónico es mucho más rápido y barato que enviar una carta por servicio postal. Cuando se inventó el correo electrónico, podríamos habernos dado más tiempo de ocio escribiendo a otros con la misma frecuencia de siempre, y con mayor eficiencia. En vez de eso, el tiempo que nos ahorramos lo invertimos en escribir a más personas y más a menudo. En consecuencia, con el correo electrónico somos más productivos pero seguimos estando tan estresados como antes”.

Keynes, concluye Zimet, pecó de ingenuo al pensar que, tras milenios de progreso técnico sin reducción del tiempo de trabajo, en dos generaciones la semana laboral se quedaría en la mitad. La realidad es que las máquinas, al permitirnos hacer más deprisa las tareas, nos dan tiempo extra, pero lo empleamos en hacer más tareas.