Son necesarios los símbolos de bondad

por | 31 julio, 2019

Filosofía para mí. 7 julio 2019

La última temporada de Designated Survivor tiene un último capítulo donde sucede algo muy interesante (atención: peligro de spoiler). El presidente Kirkman hace algo que no había hecho antes: miente. Tiene muchas justificaciones, claro, porque miente para que el otro candidato, malo malo malo, Moss, no gane las elecciones. Pero lo que gana es la vieja tentación de que el fin justifica los medios. Y él nunca lo había hecho. Era un hombre dubitativo a veces, equivocado otras veces, testarudo de vez en cuando, colérico de tanto en tanto, pero siempre honesto. Siempre honesto en el nido de víboras de Washington. Pero pisa el palito. Se convierte en un político más. Perdió el aurea, el encanto que hacía al personaje, a pesar de la mirada triste y resignada de Emily, la voz de su conciencia. Finalmente cedió a los cantos de sirena de una durán barba local.

Los guionistas, por supuesto, cedieron a otra tentación. La dualidad entre los hechos y la ficción. Un personaje así es demasiado ficticio. Vamos a darle a la audiencia algo de “realismo”.
Pero la misión ética del escritor de ficción no es la mera descripción de los hechos, que además es, gracias a Dios, imposible. Su misión es darle símbolos inspiradores a la audiencia, símbolos de virtudes. Virtudes realistas, claro, virtudes de gente común en medio de circunstancias difíciles. En última instancia, es el camino del héroe. Lo que atrae de Luke Skywalker es que finalmente asume su papel de Jedi. Lo que atrae de Chijiro es que de niña común se convierte en la valiente ante las tentaciones de los monstruos imaginarios de su inconsciente. Lo que atrae de Shinji Ikari en Evangelium es que asume su destino aún siendo un adolescente confundido. Lo que atrae del Capitán Picard es su visión clara, su liderazgo, su inquebrantable adhesión a los principios de la Federación. Lo que atrae de Micheal Burnham es que impide que la Federación se convierta en una dictadura para vencer a los Klingon. Y así…

Pero, de vuelta, ¿eso no es “irreal”? No, ni falso ni fáctico: simbólico. Tienen la verdad del símbolo. Tienen la verdad del mensaje moral que quiera dar el personaje.
Y la moral no es cuestión de estadísticas o de cuántas veces. Se basa, sí, en la posibilidad de que el ser humano resista a ser el jefe de la horda, resista al malestar en la cultura, resista a la alienación, pero más allá de esa mínima posibilidad antropológica, la moral no es cuestión de que tal cosa exista o no, sino de un deber ser que no es más que el mismo ser humano llevado a la plenitud de su ser.
Y los escritores tienen la responsabilidad de inspirar todo ello en su audiencia. Porque finalmente, en la aleatoriedad de la historia real, tan carente de personas de principios, la posibilidad de que el héroe aparezca tiene que ver también con lo que podamos inspirar. Sí, son pocos. Washington, que renunció al poder; Lincoln, que hubiera podido evitar la deshonra del sur; Kennedy, que impidió la tercera guerra, Gandhi, que libera sin matar, Mandela, que impide la venganza. Con todas sus imperfecciones, ellos existieron.

Los escritores y los filósofos no podemos crear de la nada a personas buenas, pero podemos llamar a la bondad. Podemos relatarla como posible. Podemos despertar al héroe dormido entre personas corrientes. Podemos mostrar la belleza de la bondad, su ternura, su fascinación. No despreciemos la oportunidad. No tenemos la, a veces triste, misión del historiador. Tenemos la apasionante misión, siempre, de hacer soñar.