Nietzsche en dos novelas

por | 9 noviembre, 2018

La influencia de Friedrich Nietzsche (1844-1900) en la cultura europea se da también a través de «Crimen y Castigo», de Dostoievski, y de «El lobo de mar», de London. Al margen de otros aspectos, es coherente la denuncia de la decadencia de Occidente que realiza el pensador alemán, como se refleja en la literatura.

La voz de Nietzsche atraviesa la cultura europea desde poco antes de que se apagara en 1900. Su denuncia contra la decadencia de Occidente es coherente (quizá por su función de contraste) con la reflexión de Philippe Nemo acerca de Qué es Occidente (cf. Nueva Revista nº 165, pp. 130–144). Nietzsche predica la muerte de Dios y el advenimiento del superhombre. Ninguna de esas dos figuras es extraña a la tradición occidental, pero eso no quiere decir que también sean positivas o risueñas. Así se desprende de las novelas de Dovstoievski y London sobre las que se centra el presente ensayo.

Nietzsche y el superhombre
Nietzsche es el gran profeta de la autonomía total del individuo. Con sus escritos llevó a cabo una gigantesca operación de demolición cultural, cuyo objetivo central fue la religión cristiana, aunque de paso arremetió contra la Grecia clásica, el positivismo, el evolucionismo, la democracia, el Estado moderno y la música de Wagner. Su importancia en la configuración de la cultura del siglo XX es grande, igual que su presencia en la literatura. Como Sísifo, Nietzsche vivió condenado a soportar la carga de una enfermedad crónica y progresiva, que a los 39 años desembocó en la locura. Moriría once años más tarde, en 1900, sin haber recobrado la razón. Sin embargo, su obra se inicia con una apasionada afirmación de la vida, dramática si se entiende como la proyección de la impotencia de un enfermo. Nietzsche escoge como símbolo de la vida al dios griego Dionisos, que se embriaga en todos los placeres. Se trata de un modelo anterior a Pericles, Sócrates y Fidias, propio de la época presocrática, instintiva y sensual, en la que todavía no habían triunfado la moderación, la medida y el equilibrio del dios Apolo.

Así alumbra Nietzsche la teoría del superhombre, del hombre que se atreve a desprenderse de la máscara de la obligación moral, esa artimaña del débil para dominar al fuerte. Nietzsche predica la inversión de todos los valores, y sabe evaluar las consecuencias de su pretensión: «Mi nombre estará un día ligado al recuerdo de una crisis como jamás hubo sobre la Tierra, al más hondo conflicto de conciencia, a una voluntad que se proclama contraria a todo lo que hasta ahora se había creído, pedido y consagrado. No soy un hombre, soy una carga de dinamita». Para lograr la inversión de los valores, Nietzsche debe arrancarlos de su raíz fundamental, porque -como ha dicho Dostoievski- «Si Dios no existe, todo está permitido». De ahí su obsesión por decretar la muerte de Dios: «Ahora es cuando la montaña del acontecer humano se agita con dolores de parto. ¡Dios ha muerto: viva el superhombre!».

No existe providencia ni orden cósmico: «La condición general del mundo para toda la eternidad es el caos, en el sentido de una privación de orden, de forma, de hermosura, de sabiduría». El mundo no tiene sentido, pero gira atrapado por la necesidad de repetirse: es la doctrina del eterno retorno, que Nietzsche vuelve a tomar de Grecia y de Oriente. El mundo no avanza en línea recta hacia un fin, ni su devenir consiste en un progreso, sino que «todas las cosas vuelven eternamente, y nosotros con ellas. Hemos sido eternas veces en el pasado, y todas las cosas con nosotros. Retornará esta telaraña, y este claro de luna entre los árboles, y también un momento idéntico a éste, y yo mismo».

Un nuevo deber nos llama a la autoafirmación biológica, a la victoria de los señores sobre los esclavos. Nietzsche sueña con una aristocracia de la violencia, y se opone al ideal de igualdad buscado por el socialismo y la democracia: «El hombre gregario pretende ser hoy en Europa el único hombre autorizado, y glorifica sus propias cualidades de ser dócil, conciliador y útil al rebaño». El influjo de Nietzsche en el nazismo es un hecho demostrado. Él no fue nazi ni antisemita, pero la violencia de su lenguaje y la imprecisión de su ideal dieron todas las facilidades para su manipulación. No es suficiente decir que él no pensaba así y hubiera vomitado ante atropellos de Hitler. Tampoco vale decir que se ha producido una tergiversación de su pensamiento, pues cabría preguntarse cómo y por qué fue posible lo que tan ingenuamente se llama tergiversación. Por eso ha dicho el filósofo escocés Alasdair Chaimers Macintyre (Glagow, 1929) que, al menos, «hay una profunda irresponsabilidad histórica en Nietzsche».

Crimen y castigo
La personificación de la autonomía moral absoluta –pretensión del superhombre- ha sido abordada en grandes obras literarias. Obras que arrojan un curioso balance unánime: se trata de una pretensión inviable, inhumana. Macbeth, la inolvidable tragedia de Shakespeare, es un retrato del hombre ahogado en su propia inversión de valores. De forma casi vertiginosa, el protagonista y su mujer se ven envueltos y absorbidos por su culpabilidad progresiva, al intentar alcanzar a cualquier precio el poder. Shakespeare nos muestra la tragedia psicológica y física de dos personas arrastradas por su ambición sin límites. El diagnóstico del médico real había sido certero: «Los actos contra la naturaleza engendran disturbios contra la naturaleza».

Cuando nace Nietzsche, el superhombre estaba en el ambiente. En 1865 había aparecido en la escena literaria rusa Rodian Raskolnikov, decidido a demostrar a hachazos su superhombría. En Crimen y Castigo, Dostoievski nos lo presenta como un joven estudiante de Derecho obsesionado por demostrarse a sí mismo que pertenece a una clase de hombres superiores, dueños absolutos de su conducta, por encima de toda obligación moral. Raskolnikov elige una definitiva prueba de superioridad: cometer fríamente un asesinato y conceder a esa acción la misma relevancia que se otorga a un estornudo o un paseo. Dicho y hecho: una vieja usurera y su hermana caen bajo el hacha del homicida.

Raskolnikov repite varias veces que tiene la conciencia tranquila, pero lo cierto es que su vida se va tornando desequilibrada, sufre episodios de enajenación mental y acaba confesando voluntariamente su crimen. Sin embargo, en ningún momento reconoce la inmoralidad de su doble asesinato. Su posición inamovible parece aproximarle al superhombre que quiere ser. Pero Dostoievski nos desengaña cuando deja entrever que la conciencia de Raskolnikov estaba tranquila porque estaba estropeada. Tenía la tranquilidad de lo que está muerto o inservible. La balanza moral había dejado de pesar la magnitud moral de los actos. Y ésta es la pregunta decisiva que Dostoievski formula implícitamente al lector de Crimen y Castigo: ¿Qué hacemos con un superhombre mentalmente desequilibrado? ¿Merece la pena pagar por el superhombre el precio de la locura?

La novela no termina así. Hay un remedio para la ceguera patológica del protagonista. Cuando aún le quedaban siete años de condena, se enamora de Sonia, una chica muy joven, con un pasado miserable y un corazón de oro. Antes de ir a la cárcel, Sonia le había echado en cara inútilmente su crimen:

-Has derramado sangre.
-¿No lo hace así todo el mundo? -respondió él con furia-. ¿No se ha vertido siempre la sangre a torrentes desde que hay hombres sobre la tierra? Y esos hombres que han empapado la tierra con sangre de sus semejantes, han ocupado el Capitolio y han sido aclamados por la humanidad.

Después de enamorarse, todo cambia. Raskolnikov empezó a pensar que Sonia tenía razón. No mediaron argumentos, no hubo más discusión, no hizo falta la lógica. Simplemente, notó que todo le parecía «inexistente, como si se hubiera desvanecido su mismo crimen y su condena en la cárcel. Sentía la vida real y esta vida había expulsado los razonamientos». En estas palabras, Dostoievski desvela sutilmente una de las claves de la psicología humana: algo tan natural como el amor corrige a la razón y desbarata las razonadas sinrazones del superhombre. Rodian Raskolnikov sabía que a toda palabra se puede oponer otra, pero no encontró palabras que pudieran medirse con Sonia. Si buscaba una autonomía absoluta para su conciencia y su conducta, en la vida de Sonia encontró la certeza de una verdad mucho más humana y absoluta que la autonomía.

El lobo del mar
Después de Shakespeare y Dostoievski, Jack London diseña otro superhombre literario que llega pronto a millones de lectores. Se trata de Lobo Larsen, capitán de un navío dedicado a la caza de focas. Ejerce un dominio tiránico sobre la tripulación, y ve la vida como una agitación confusa donde «el pez grande se come al chico para seguir moviéndose, y el fuerte al débil para conservar su fuerza». También los hombres «se mueven para comer y comen para moverse. Viven para su vientre, y su vientre vive para ellos. Es un círculo vicioso que no llega a ninguna parte. Al final, se paran y no se mueven más: están muertos».

Los valores morales no existen para Lobo Larsen, y son radicalmente reducidos a la condición de pegote cultural adherido a la personalidad por medio de la educación recibida. En una ocasión desarmado, frente a un hombre que le apunta con una pistola y que tenía motivos para matarle, le dice fríamente:

¿Por qué no disparas? No te lo impide el miedo sino la impotencia. Tu moral es más fuerte que tú. Eres esclavo de las opiniones que has leído en los libros y sostienen las personas que te han educado. Desde que aprendiste a hablar, te han metido en la cabeza un código que te impide matar a un hombre indefenso. En cambio, sabes que yo mataría a un hombre desarmado con la misma tranquilidad con que fumo un cigarrillo.

Lobo Larsen no advierte que su amoralidad también está condicionada por la educación recibida, por una educación que puede educar o maleducar la conciencia. Jack London no pasa por alto ese detalle que da la clave de su encefalograma moral plano:

¿Quieres que te hable de las penurias de mi vida de niño? ¿De cómo salí en barco desde que andaba a gatas? ¿De cómo mis hermanos, uno tras otro, se fueron a la granja de aguas profundas y no volvieron jamás? ¿De mí mismo, grumete analfabeto a los diez años, en los barcos de cabotaje? ¿De aquella vida en la que los golpes eran nuestro desayuno y nuestro lecho? El miedo, el odio, y el sufrimiento eran las únicas experiencias espirituales. Detesto recordar. Me vuelvo loco cuando pienso en aquellos tiempos.

La goleta de Lobo Larsen es la sociedad en miniatura que Jack London elige para mostrar en qué se convierte una sociedad real gobernada por el superhombre:

Los cazadores de focas seguían discutiendo y vociferando como una raza anfibia, semihumana. El aire estaba saturado de maldiciones y obscenidades. Veía sus caras congestionadas por la débil luz amarilla del farol que oscilaba al ritmo del barco. A través del espeso humo, las literas parecían los cubiles donde duermen los animales de un zoo.

Lobo Larsen acabó mal, como el propio London, como Macbeth, como Nietzsche. Lo mismo que el sueño de la razón produce monstruos, el sueño de la autonomía moral absoluta produce personas frustradas y sociedades ingobernables. Individuos peligrosos, no tanto supehombres como supercafres. Jack London confiesa que lo sabía de antemano: «Al empezar mi carrera de escritor ataqué a Nietzsche y a su idea del superhombre. Fue en El lobo de mar».

Nota bibliográfica:
-F. Dostoievski, Crimen y castigo, traducción de Rafael Manuel Cansinos Galán, Debolsillo, Barcelona 2009, 688 pp.
-G. Lipovetski, El Crepúsculo del Deber. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos, Anagrama, Barcelona 2006, 287 pp.
-J. London, El lobo de mar, Literatura Random House, Barcelona 2012, 376 pp.
-F. Nietzsche, Obras Completas, 4 volúmenes, Tecnos, Madrid 2016, I, 984 pp.; II, 1040 pp.; III, 912 pp.; IV, 1192 pp.
-W. Shakespeare, Teatro Selecto, 2 volúmenes, Espasa Libros, Madrid 2008.

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