Compensa leer (bien) lo que pone en la Bilblia

ALberto Barbés 18 septiembre

A lo largo de los años que llevo de sacerdote en Madrid, se ha corrido la voz de que sé algo sobre Evolucionismo, y ya me han pedido en varias ocasiones que imparta algunas clases o charlas sobre evolución y creación. Aunque tampoco es que hayan sido muchas veces, no te creas…

Al dar esas charlas, no es del todo raro que alguno de los asistentes se asombre al descubrir que –a pesar de ser sacerdote– estoy bastante convencido de la evolución en cuanto teoría científica: en efecto, pienso que es algo bastante claro, desde un punto de vista científico, que en nuestra amada Tierra ha habido una evolución en los seres vivos, y que ese proceso ha dado lugar a la morfología de los vivientes que ahora contemplamos. Como digo, a mí me parece que la evolución es un hecho. Otra historia muy distinta es que tengamos claro cómo tuvo lugar ese cambio y, sobre todo, cuál fue la causa de esa evolución. Pero de eso ya hablaremos más adelante.

Como decía, algunos se asombran al conocer a un “cura evolucionista”, y es bastante habitual que, a lo largo de la conferencia, alguien me pregunte asombrado cómo puedo compatibilizar mi fe en la Creación con mi confianza en la evolución. A mí, la verdad, me gusta provocar un poco al respetable auditorio y tengo la respuesta preparada…

–Don Alberto– supongamos que me preguntan. –Pero ¿no dice la Biblia que Dios creo a los animales?

–¿Ah, sí?– supongamos que respondo. – ¿Dónde dice eso la Biblia?

En estos momentos puede producirse un ligero cortocircuito en la memoria de la persona que pregunta. Tras un pequeño reset cerebral, generalmente rápido, responde:

–Pues… lo dice en el Génesis.

–¿En serio? Pues mira qué casualidad, resulta que tengo aquí una Biblia… A ver si lo encuentras. Te doy una pista: día sexto, capítulo 1, versículo 24.

Mi atacante, toma la Biblia y lee: “Dijo Dios: produzca la Tierra seres vivos según sus especies, los ganados, reptiles y animales salvajes según su especie. Y así fue…”

–Espera, espera– interrumpo (si, ya se que está mal). –¿Has dicho “produzca la Tierra”?

–Eem…

–Vaya, vaya: resulta que el Génesis dice “produzca la tierra”… No pone “Dios creo a los animales” ni nada parecido… Tú mismo lo has leído: lo que está escrito en la Biblia es que fue la tierra, y no Dios, quien produjo las especies animales…

Generalmente algunos de los que me escuchan quedan bastante desconcertados ante ese descubrimiento. Pero ¿qué quieres que haga..? Es Palabra de Dios…

* * *

A ver, aclaremos una cosa. El Génesis no es –ni pretende ser– un libro científico: sería un error acudir a él en busca de enseñanzas sobre biología, astrofísica, ingeniería informática o cocina francesa. Como decía Galileo, la Biblia enseña como llegar al Cielo, no como funcionan los cielos…

Sin embargo, no deja de ser interesante que la Biblia, tal y como está escrita, reconoce un cierto papel a la Tierra –a la Naturaleza creada– a la hora de la formación de los animales. Y, dicho sea de paso, lo mismo sucede cuando habla de la aparición de las plantas: Dios dijo: “Produzca la tierra vegetación: plantas con semilla de su especie y árboles frutales que den sobre la tierra frutos que contengan la semilla de su especie”; y así fue. La tierra produjo vegetación: plantas con semilla de su especie y árboles frutales que contienen la semilla propia de su especie (Gn 1, 11-12). Según esto, los seres vivos –tanto las plantas como los animales– no son creados directamente por Dios: son producidos por la naturaleza. Siguiendo, eso sí, el querer de Dios…

La creación de los animales, de Rafael Sanzio, en las estancias vaticanas.
El fresco tiene su gracia porque, si te fijas, los animales literalmente surgen de la tierra…

En definitiva, el Génesis no atribuye exclusivamente a Dios todas las cosas de la Creación, si no que más bien parece hablar de una cierta intervención de lo creado (la tierra) en su propio desarrollo. Y eso, desde una perspectiva científica, es algo super interesante: la ciencia nos habla, en efecto, de cómo las mismas fuerzas de la naturaleza –las leyes de la física y las tendencias biológicas– contribuyen a la formación y el desarrollo de los seres vivos.