Sé quién provocó las avalanchas

Los culpables de los incidentes de la Madrugada se entremezclan entre nosotros sin que sospechemos de ellos

MANUEL CONTRERAS

Conozco a los culpables de las avalanchas de la Madrugada; la Policía no parece tener muchas pistas, pero la cosa está bien clara. El delito tiene culpables evidentes. Varios, porque son muchos y diferentes, pero todos ellos se entremezclan entre nosotros sin que podamos sospechar de ellos, tan cotidianos. Por ejemplo, un culpable es Jorge Javier Vázquez. Y Belén Esteban. Y Mila Ximénez. Y Tomás Roncero, y Roberto Gómez, los periodistas deportivos. Y todos esos tertulianos que se nos meten en el salón de casa para enseñarnos que la agresividad es parte troncal de la comunicación humana, y que cuando se discrepa tiene más razón el que grita más fuerte. También son culpables los directores de los reality shows, que no sé sus nombres, pero que nos presentan como modelos de juventud a chicos y chicas egoistas, barriobajeros y malhablados a los que jamás podremos ver leyendo un libro. También es culpable Cristiano Ronaldo, y Luis Suárez, y todos esos futbolistas que nos enseñan que el heroismo moderno pasa por tener un deje chuleta, un peinado vacilón, un tatuaje hortera y un pibonazo de novia. Es culpable Javier Maroto, y Antonio Recio, mayorista, no limpio pescado, y todas las series de televisión que se mofan de los sentimientos religiosos y en las que los personajes católicos son unos pánfilos o unos retrógrados, o ambas cosas. Es culpable Jean Claude Van Damme, y Silvester Stallone, y Arnold Schwarzenegger, y todos esos que van reventando cabezas en las películas como quien recoge setas, sayonara baby. Es culpable Lara Croft, y Grand Theft, y Call of Duty, y todos esos juegos virtuales en los que niños de siete años se entusiasman cuando ganan, es decir, cuando matan a todo el mundo y les salpica la sangre. Son culpables Wert, y Gabilondo, y Mercedes Cabrera, y María Jesús Sansegundo, y Pilar del Castillo, y todos los ministros de Educación de la democracia, que han sido incapaces de pactar un modelo educativo que pudiera preservarse al margen de la alternancia en los gobiernos y de las cuitas partidistas. Es culpable el profe de mates que no castiga al alumno que le chulea en clase, y el juez que excarcela al delincuente, y el abogado que le explica los trucos legales para eludir el castigo. Es culpable el concejal que admite la botellona, el amigo que regala un móvil por la primera comunión, el vecino que se achanta ante el matón que le contesta mal en la escalera, el comerciante que vende alcohol a los menores, el rapero que compone letras violentas, el mecánico que quita el tubo de escape a la motocicleta para que el niñato despierte a todo el barrio, el cirujano que le pone tetas a las que acaban de dejar de ser niñas. Y, sobre todo, somos culpables nosotros, que aceptamos la pérdida de valores y civismo como una consecuencia inevitable de la vida moderna sin darnos cuenta de que nuestra resignación nos conduce a algo que será moderno, pero desde luego no es vida.